#129 Sin la letra A
No pienso en la letra desde hace tiempo, ni siquiera ahora que vuelvo a viajar en tren a diario y me enfrento con todo el abecedario -me guste o no- y al resto de las letras. Ni la “B” voluptuosa ni la esbelta “L” me interesan, y aunque oiga el extranjero acento de la “Y” ya no me inclino para escuchar los sonidos que no entiendo. Las “O” me siguen pareciendo escasas en su abundancia, las “P” bastante bastas e inútiles en sus diversas prendas. De las “S” prefiero no hablar.
Todas crecen en número a mi alrededor, letras de mil formas y olores que pasean como si yo no existiera, y yo existo como si ellas no pasearan. Miro y las atravieso. Me atraviesan y no miran. No es porque piense en la letra “A” y por añoranza ignore lo que toco. Es porque el alfabeto se ha hecho pequeño: no hay letras nuevas para mí, no hay horizontes que explorar.
Mi vocabulario es una línea continua.

Te invito a una cerveza mientras me tomo una cola, para intercambiar letras.