#4 En la noche…

Tras una semana de trabajo y dos de ausencia, nada me apetecía menos que encontrarme con mis habituales compañeros. No soy capaz de explicar el porqué de tal ausencia de voluntad y de ganas de recobrar los lazos de amistad diarios, pero así ocurre que de vez en cuando necesitamos aislarnos de nuestra propia realidad para no sentir que nos tiene atenazados en sus costumbres. Y aun así no dudé en aceptar -aunque algo apático- cuando me llamaron primero Galen y luego Shan proponiéndome sendos planes diferentes. En ambos casos traté de que la cita fuese el viernes, cuanto antes mejor, pero tanto uno como el otro declinaron por motivos diferentes y a cual más estúpido. Todo quedaba visto para el sábado, y ya me las arreglaría para lograr estar en dos sitios a la vez gracias a la cuarta dimensión.

Podría haber pasado la noche del viernes con Alisa yendo a visitarla a su casa, tan lejana como sólo pueden estarlo los lugares que merecen tres viajes en medios de transporte diferentes con sus sendos transbordos, obligados los pasajeros a abandonar la rutina de sus vidas y seguir como miserables trabajadores del antiguo Egipto sus horarios infernales. Perder el autobús no se contempla: la pena se paga con la vida, la vida que se gasta a medida que la vejez nos arropa según pasan los años hasta que pase el siguiente vehículo y nos encuentra mustios y anquilosados en la parada, formando parte del decorado, más objetos que personas.

 No obstante mis ganas de enfrentarme a la aventura, la jornada de trabajo me impedía enfrentarme a ella con probabilidades de supervivencia. Salía demasiado tarde para ir a verla y ella ya ha venido demasiadas veces a rendirme la cortesía de su efigie pálida, su risa histriónica, su mirada perdida en la locura de las paredes. Me debe una cena en su reino. Mientras tanto permanecí en el mío el viernes por la noche, y luego el sábado cuando tanto Galen como Shan me traicionaron y olvidaron sus votos de lealtad, marchándose cada uno por su lado. Los Dioses los maldigan catorce veces.

Toda oportunidad de gozo desapareció entonces y opté por acatar la derrota sin mucho padecer, marchándome relativamente pronto a dormir. Ventanas abiertas, verano en ciernes, calor sofocante. Una tenue brisa intentaba calmar la tortura de la humedad pero de tan leve parecía más una broma que una seria medida. No pude dormir y el insomnio se cebó conmigo, alimentado por un creciente ruido que provenía del patio: mis vecinos ecuatorianos estaban de juerga. Empezarón a la 1. Yo empecé a odiarlos poco después.

Me volví por enésima vez y miré el despertador: las 4 de la mañana. Al otro lado de la garganta oscura del patio interior, ajenos a la civilización que los rodeaba, los cretinos habían puesto su música autóctona a todo volumen y comentaban a voz en grito las sublimes tonterías que cualquier retrasado mental consideraría oportuna compartir con los somnolientos vecintos a esas horas.

¡Las 4 de la mañana! Podía distinguir la panoplia de voces mezcladas con la música – si es que podemos considerar música a todo lo que defecan las culturas del ancho mundo- mientras imaginaba los rostros de esos bárbaros.

“Pues yo quiero dormir” pensé. Cerré las ventanas, bajé las persianas. Vano intento de amortiguar el ruido y condena eterna del calor. Empecé a sudar y el coro maldito seguía retumbando en mis timpanos. Presa de una ira incogniscible que creció dentro de mí abrí la ventana y alcé la persiana, me asomé y… me acobardé. Lancé un tímido grito pidiendo por favor que bajaran la música, creyendo que al darse por aludidos de su error terminarían por callar y hacer silencio.

Íngenuo de mi, olvidé que a aquellos tan banales como para sacrificar el bienestar de docenas de inocentes a cambio de su egoista placer no se les trata con tacto: se les trata a puñaladas en el vientre. A las 4 30 ya había oído a otros vecinos lanzar algún grito disperso y poco convincente. Los ecuatorianos, Pachacamac los cocinee en su salsa, respondieron con burlas y levantando el volumen.

Aquello me dio, por fin, un motivo para matar.

Me asomé de nuevo a la ventana y lancé con toda la fuerza de mis pulmones cargados de furia una perorata. A excepción del gato, creo que no dejé a nadie de su estirpe sin insultar ni amenazar de muerte. Entonces sí que se hizo el silencio y una de sus cabezas apareció recortada contra la luz hedionda de su piso. Parecía molesto, seguramente porque alguien gritaba y hacia ruido y no les dejaba hablar y bailar.

“¿Acaso no molestan ustedes?” me espetó.

“¿Que yo molesto, cara plana? Pues si molesto bajas y me lo dices civilizadamente pero, como hasta ahora jamás os habéis quejado, es problema vuestro. Habérmelo dicho, pero ahora me estoy quejando yo y se están quejando el resto de vecinos. De modo que cierra el pico, apaga la puta música e iros a dormir de una vez, coño, o subo con la espada y os rajo la minicadena.”

Un tono adecuadamente airado, unos insultos poeticamente colocados y la mención de mi espada resultaron una maravilla.

Eran las 4 35 cuando por fin cayó la noche.

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~ por Verzo en julio 23, 2007.

2 comentarios to “#4 En la noche…”

  1. Y me llamaron nazi cuando dije que los sudacas eran la escoria del mundo y que debíamos adoquinar las calles con sus cráneos…

  2. http://www.fotolog.com/lobiyaz/28762779

    Y luego me llaman racista…

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