#6 Ajenos

He entendido porqué el cielo está arriba y el infierno abajo, porqué desde el cielo se ven nubes y hay aire fresco mientras que en el Hades el calor sofocante se mezcla con las penas eternas. También me he explicado la existencia del Purgatorio y el final del Limbo que desde hace escasos meses la omnisciente Iglesia Católica Apostólica Romana se ha encargado de desvelarnos (con sus propios motivos, claro). La lógica de este más allá católico responde a un concepto occidental de la empresa: las oficinas y el despacho del director arriba, los cúbiculos de los becarios y los escribientes más abajo junto a las salas de espera y las ventanillas. Finalmente en el sótano, donde no llega el abrazo puro del aire acondicionado situado en lo alto, se encuentra el Archivo donde un montón de funcionarios van y vienen, acalorados y desesperados, rellenando el papeleo “de los de más arriba”.

¡Pobres diablos! ¡Como les comprendo! Cuando el Demonio tienta a los humanos para que caigan en la tentación del pecado no lo hace con mala intención, no es un motivo del todo egoísta el de sus ojos ámbar y sus colmillos de nácar. Se trata de una cuestión de meros Recursos humanos: ¡necesita urgentemente personal, gente que gestione, ordene, clasifique, grape, fotocopie, duplique!

Lo se, por supuesto, porque uno de mis menesteres en la oficina del puerto es precisamente ese. Agotador y demencial, y aun así debo reconocer que mi campo de batalla no es un laberinto oscuro que deba desesperarme. Nuestra oficina es la mejor del puerto: paredes blancas, espacio, aire, luz. Se respira bondad en los momentos de quietud aunque cuando los teléfonos lanzan sus gritos de guerra me veo nuevamente rodeado de papeles sin escrúpulos.

En uno de esos lances efervescentes de la celulosa compacta ha entrado Semper, uno de nuestros socios, en busca de material. Sé que fue soldado y que su carrera su truncó. Ha estado en la cárcel, me cuenta con una mezcla de orgullo y pena, porque los políticos me odiaban. Me confiesa la conspiración que hundió su anterior gloria y de como ahora resurge a duras penas de sus cenizas, aunque yo cayo y asiento mientras pienso si le confesará sus secretos íntimos a todo desconocido.

Se marcha y le pregunto a mi padre si cuanto me ha contado es cierto. Él me aclara que todo es cierto, excepto la parte de la conspiración. Por lo visto Semper era la mano derecha de Antoine, un judío violento al que apodaban “el Pistolas” en el puerto. ¿”El Pistolas”? Si, me confirma mi padre hablando comedido. Ambos eran los líderes de una banda secreta en el puerto: quemaban, exotrsionaban, mataban. Nada de conspiraciones contra ellos si no sagas de maldades contra los demás. Vivieron ajenos a la justicia y la ética, distantes de los actos de los hombres de pro y ahora que su fuerza de madera ha ardido, expían sus culpas en sus respectivos Archivos. 

Abandono el trabajo por la tarde y al llegar a casa recibo un aviso de Silva, recordándome por decimoquinta vez este mes su cumpleaños. Sí: es de esas personas. Yo esquivo tales aficiones obsesivas y en el caso de mi propio aniversario prefiero olvidarlo y dejar que otros me lo apunten. En el mensaje de la chica está subrayado que debo ir elegante pues entraremos en locales de “gente bien”. No logro asimilar que así va a morir mi noche del sábado, perdido en algún antro decibélico asesino, rodeado de gente y sudores, sobretodo en este tiempo que he decidido estar tan ajeno del mundo. Silva, por lo visto, está metida de lleno en el Purgatorio y se muestra indiferente a mi condena -pero aquí debo reconocer que esta rara forma de piedad es su mejor virtud.

Tomo un café con Berensky y con Galrauch, Alafoss no puede venir. Mi intención era contarles la historia de Semper y de Antoine, los dos camorritstas que hoy me han estrechado la mano felicitándome (¿felicitándome por qué? ¿por el placer de haberles conocido?). En lugar de ello, acabo hablándoles de la fiesta de cumpleañosde Silva. No me prestan mucha atención hasta que llego al punto en el que deberemos ir muy bien vestidos a ciertos locales de moda.

“¿Ir bien vestido?” escupe Galrauch con su boca desdentada, graznando cada palabra cmo si fuese la última de su vida “¿Para que quieres ir bien vestido? La gente que va bien vestida lo hace únicamente para agradarle únicamente a otra gente que también va bien vestida: ¡es un bucle estúpido! Es como si tuvieses que ir caminando por la ciudad con un croissant en la oreja sólo para agradarle a otros individuos que lleven a su vez un croissant en su oreja. ¿Por qué han de llevar un croissant? ¿Me entiendes? ¿Por qué no un maldito platano?”

Me había inclinado hacia él para establecer un nexo entre ambos porque creí comprender lo que me decía, sin embargo en cuanto empezó a desvariar me volví a apoyar en el respaldo de mi silla. Berensky asentía convencido a la perorata del viejo y yo me quedé mirando a Marie.

La mujer de Galracuh seguía ajena al mundo, respirando el oxigeno de su bombona cual único acto de conciente vida. Jamás la he visto pestañear y tampoco he visto nunca en ella gesto alguno. Podría estar bien muerta pero ha pasado tanto tiempo junto a su marido que forma parte de su figura: la quietud completa y la inocencia frente al frenesí y la corrupción. Galrauch está otra vez contando sus recuerdos de cuando era general y como estuvo a punto de conquistar el mundo.

Marie mira al vacío con sus ojos vivos tallados en ese cuerpo de plástico. Ajena a la voz de su marido, ajena al ruído de los coches y al olor a ceniza de la ciudad. Ajena a los fuegos de Semper y de Antoine y de todos los malvados del mundo, ajena a la fiesta de cumpleaños de Silva, ajena a la mirada que le dedico y es incapaz de devolverme.

Ajena al mundo, otro día más.

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~ por Verzo en julio 27, 2007.

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