#7 La primera pregunta

Hace unos años me hicieron esa pregunta. “¿Qué es la política?” Por supuesto, todos conocemos los entresijos del poder y cuan a mano está la corrupción cuando se tiene al poder como espada, al demonio como garante y al estúpido vulgo como público. Pero, ¿hasta que punto es capaz el cretino de a pie comprender la importancia y el significado de la política? ¿Por qué, siendo tan importante, tanta gente prefiere dejar que la Ley lo manoseé como un cura lascivo al monaguillo en lugar de enfrentarse a la injusticia?

Para aquellos que hayan logrado alcanzar el segundo párrafo sin haberse inmolado en una incesante cascada de salivazos expresando una u otra opinión construida en sus visitas al bar de la esquina, seguro que entenderán lo complicado que es el tema. O por lo menos les interesará saber que opino yo, que es para lo que escribo y para lo que me leen.

De esta pregunta no es únicamente interesante lo que se encuentra entre ambos interrogantes, también lo son las circunstancias que la propiciaron y por eso, antes de contestarla prefiero situarla en su importancia. Era el primer año de carrera en aquel misterioso comienzo de la nueva vida, en la jungla misteriosa y burocrática de la Universidad, en el peligroso campo del primer curso a la espera de la siega de suspensos noveles. Yo no podía imaginarme que se me exigiría -de repente y sin anestesia que mitigara el dolor- aquello para lo que un estudiante nunca han preparado: pensar. ¡Qué espanto el de aquel segundo! ¡Qué malestar causado por la súbita estupidez que ahondó en mis carnes al silbar en mis oídos la mediocridad!

Lamentablemente aquel breve lapsus de dolor ignorante se quedó en una chispa de lo que debería ser realmente la enseñanza y que se perdió en los derroteros de la carrera como una buena iniciativa se extravía en el papeleo. Luego todo fue como ya sospechaba: entregar trabajos hechos en media hora y recibir buenas notas, realizar exámenes con pocos datos y mucha subjetividad (con los comentarios adecuados a la ideología política del profesor) y lograr tener una carrera habiendo asistido al 15% de las clases.

¡Que grande es el sistema!

Pocos hombres han sido capaces de hacernos sentir tan idiotas como realmente somos los estudiantes, pocos han podido menospreciarnos como nos merecemos cuando nos las damos de sabios a tan tierna edad. En definitiva pocos han sabido ser profesores y hacernos sentir como alumnos. A ellos les debo el 15% de esas clases que realmente me interesaron (y que casualmente aborrecieron los comunistas y anarquistas, guerreros del pueblo y suspendedores crónicos) porque me hicieron pensar y replantearme más de un argumento.

De esas breves luces en las sombras de la educación estatal quedó esa pregunta flotando en el ambiente, un mal recuerdo de qué nos estábamos dedicando a estudiar en esos pasillos húmedos y malolientes. A veces alguien la veía y la apartaba a carpetazos con chillidos de terror, otros se limitaban a ocultar tras un velo de humo de marihuana. Todo eran críticas al mundo existente y alardes revolucionarios de cambio de cuatro tipejos asemejados a cucarachas.

Ellos, menores de treinta años todos, pretendían con sus odios y la sangre vertida por otros mártires comprender el funcionamiento verdadero de la humanidad, de sus entresijos y problemas. Ellos, con su lenguaje pobre y sus expresiones embarradas, estaban convencidos en un fanatismo violento de que a sus miserables treinta años de edad sabían qué se debía hacer con una humanidad que llevaba civilizada y progresando desde hace ocho mil años.

¡Oh, los nuevos estalinistas-leninistas-trotskistas-anarquistas-nacionalistas-independentistas! ¿Cómo no pudimos rendirnos a su ropa harapienta, a sus tergiversaciones, a su capacidad para ignorar su macedonia mutuamente excluyente de ideas, a su justificación de las dictaduras socialistas, a su crítica gratuita a la globalización que les pagan sus padres? ¿Podrían haber sido ellos tales guerreros de no ser progenie de banqueros y abogados que les pagaban el capricho de la lucha armada? El líder del grupo solía venir aparejado con su ropa de batalla –rayas, rastas, pantalón de pijama y nobleza introducida en el ano- cada mañana en el coche de lujo de su padre. Sólo el rico tiene tiempo libre suficiente para odiar, odiar a los ricos y defender a los pobres, para ir a manifestaciones y campamentos para ayudar al África negra mientras otros en silencio venden su piel en misiones o en ayuda humanitaria. Ellos, que gritan, se esconden. Los otros, que callan, salvan vidas.

Pero no, no hay que juzgarlos: ellos sabían como salvar a la Tierra, sabían cual era la realidad tangible que a los demás se nos ocultaba. Los Otros, nosotros, éramos “burgueses” manipulados o manipuladores, “malos” en general para su visión maniquea. Ellos habían visto la luz y comprendían los sacrificios (de sangre, si es preciso) que debían tomarse.

Jamás leyeron historia clásica ni contemplaron entre la gracia y el horror la muerte de Empédocles enfrentándose al volcán. No supieron de la última noche de Lavoisier rogando por una hora más de vida con la que poder concluir un experimento antes de ser decapitado,  traidor a una patria que no entendía una química donde las moléculas no llevan banderas nacionales.  ¿Conocen a caso las torres en donde hoyó  la locura de Hölderlin, Montaigne odió a los matemáticos o Jun habló con la muerte? ¿Saben cuantos años Stuart Mill amó en secreto a la misma mujer o que Primo Levi fue feliz recitando a Dante, en secreto, en los campos de concentración alemanes? ¡Nunca supieron como tronaba la voz de Ezra Pound contra los ususreros! Nunca han viajado como Conrad ni han sufrido como André Gide, mirado como Picasso, hablado como Dalí, reído como Duchamp, llorado como Pizarnik, dormido como Warhol.

Ellos, que no han hecho más que masturbarse con la propia imagen de decadente poeta rebelde de su espejo, ellos que a mí me miran con su desprecio arrogante y se consideran tan buenos y mejores, ellos son los que no aprenden y hacen posible que todo siga tal cual. La mediocridad ahonda y ahoga, la plaga infinita de la estupidez humana escondida tras cada esquina.

Ellos, cuando la pregunta retumbó como las tormentas eternas venezolanas en el aula, sonrieron porque ya sabían la respuesta correcta. Cuando la dieron y el profesor les dijo que se equivocaban, ellos que eran los alumnos, sonrieron con autosuficiencia y pensaron “pobre tonto… no ha comprendido lo que yo ya se”.  Así empezaron y así siguieron en la carrera, y fue posible porque nadie más que unos pocos individuos nos exigían el pensamiento y la construcción racional.

Aquella fue una primera antorcha en la oscuridad. No la respuesta directa de la cuestión propuesta, si no el significado de la escena. Cuando llegó el momento de aprender hubo algunos que se burlaron con un “¡Yo ya se!”. Otros, comprendiendo que algo nuevo e inexplicable acaba de descubrirse, nos callamos y escuchamos.

Así quedó escrita esa sublime diferenciación que hago junto con Galen y Berensky comparada con la que solían hacer aquellos compañeros de estudios: los que merecen morir y a los que, para que funcionen las fábricas, les perdonamos la vida.  

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~ por Verzo en julio 30, 2007.

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