#10 Trabajo, día XXX

Berensky vino a buscarme a la salida del trabajo, hecho sencillo en sí que por supuesto desembocó en un hecho nada simple y más cercano a la catástrofe. Entró en la oficina y resopló un “demasiado blanco” al ver las paredes. Luego me miró a mi ignorando a los demás trabajadores y me espetó “eh tú, vamos”.

De nada sirvieron mis explicaciones y que aún faltaran casi dos horas antes de mi salida. Él negó con la cabeza vehementemente.

– No, no, no, no. Tu sales ahora, tengo el coche mal aparcado.

A sus espaldas a través de la puerta de cristal y de los ventanales del pasillo se destacaba la forma beige de su coche, parado en medio de la calle. Por suerte era una de las callejuelas de circunvalación de la Zona Franca y el tráfico era compasivo con su vehículo y no corría el riesgo de quedar aplastado por un camión. Berensky amaba aquel coche, un Cadillac ElDorado de 1982: una chatarra americana cuadrada como su cabeza. Lo amaba y habría matado por él, de igual modo que habría -y de hecho ya había- matado por otras cosas de su aprecio.

-¡Sal, vamos!-

Mi jefe estaba irritado por la presencia de aquel intruso de caótica verborrea y menosprecio absoluto por los sagrados sacramentos liberales del horario de trabajo y el aparcamiento en paralelo. Por aquello, además de sus gestos imperativos y que llevaba puesta su gabardina junto con sus guantes sin dedos en pleno verano. Berensky parece un vagabundo cuando lo ves en la distancia hasta que te aproximas y empieza a hablar: entonces queda claro que es un desequilibrado.

Discutieron. Berensky estuvo a punto de pegar a mi jefe. En lugar de eso acabó zurrándose con dos guardas de seguridad que lo echaron muy amablemente a la calle mientras yo seguía rellenando albaránes. El resto del tiempo desde el incidente hasta el final de la jornada veía a Berensky al otro lado de los cristales. Me chillaba con furia aunque estuviera más allá de todo sonido posible. Por la expresión de su cara sospeché  que me estaba metiendo prisa.

Ya en el coche no tardó en informarme.

-Ha ocurrido algo, ha ocurrido algo.-

Y lo fue repitiendo en un murmullo ronco e incesante que en otros labios habria resultado un lamento aunque en los suyos aparecía como una letanía infernal. No sabía a donde me llevaba, pero empecé a sospechar que iba a matarme. Empecé a lamentarme. ¿Por qué había sido su amigo tanto tiempo? ¿No debería haberme apartado de él en cuanto vi que era un tipo retorcido? Ahora que por fin “había ocurrido” Berensky había tenido una revelación que iba a confirmar hundiéndome alguna de sus navajas en el vientre. Tenerlo al lado, con la mirada fija en la carretera sin pestañear y con aquellas palabras colgadas de su boca no era para nada tranquilizador. 

Por supuesto a Alisa le encanta Berensky precisamente por los embrollos en los que acaba metiéndome a mi, un chico formal y decente. A ella también le gusta ver como me hace temer por mi vida. Supongo que cuando me asesine de verdad la rusa se carcajeará en mi funeral y nadie podrá decir que no se trata de alguna costumbre lejana. ¿Quien le pediría a una princesa siberiana que se estuviese callada?

Pero, puesto que lo estoy escribiendo, queda claro que Berensky no me mató. Me llevó a Monte Juicio, la colina que domina la ciudad y aparcó sobre los parterres en unos jardines privados. Descendimos, paseamos y no cenamos. Nos sentamos en lo alto de la escalinata que baja hasta la Plaza del País tras 188 saltos. Suspiramos cada uno por sus fantasmas privados y observamos el horizonte de la ciudad que empezaba a encenderse. Noche.

-Ha ocurrido- estalló de pronto mi compañero, cogiéndome por el cuello de la camiseta -¡Ella ha vuelto! ¡Me ha llamado! Quería saber qué tal estaba.-

¡Ay! Pobre Berensky. Por lo pronto es tan impredecible como el mercado de valores nigeriano y tan heróico como un desheredado Raskolnikov. Él es la teoría del Caos, él es el peligro que acecha a la humanidad concentrado en carne y hueso. Es pura fuerza. Y sin embargo es un niño cuando Láhvia aparece en la conversación…

 -Lahvia me ha llamado…- continuó -No se donde está, no se con quien está. No me importa.

Le miré. Le miro. Qué enfermo está con su tez pálida y su mueca de asco. ¿Como no iba a despreciar la realidad que lo envuelve? ¿Como no iba a ignorar la vida de las demás personas y los convencionalismos sociales? Para él, después de Lahvia, nada tiene sentido hasta que ella muera o hasta que regrese con él.

-¿No te importa?
-¡No! ¡Si! No lo se. Quiero que vuelva y diga que me ama, que ha dejado al otro pues se ha dado cuenta que soy yo a quien quiere. Así podré decirle “te amo yo también, pero más tengo que amarme yo mismo que duraré más tiempo y no puedo aceptar ser un segundo plato.” Quiero decírselo. Pero también quiero que ella me insista porque lo que realmente deseo es estar con ella y olvidar todo lo demás, porque en realidad quiero que sea ella la que dure más tiempo.

-No puedes vivir eternamente recordándola. Piensa en el futuro: ¿como te verás el día de mañana? ¿No te avergonzará cuando veas todo lo ocurrido en perspectiva y te veas tan patético?

-¿Sabes que pasa? ¿Lo sabes? ¿Sabes que pasa cuando nos vemos en perspectiva en el pasado? Que todos nos vemos pequeñitos.

Berensky gimotea. No queda nada de su fuerza biliosa ni de su estatura. Ahora está a mi lado y parece un niño endeble y frágil. Me aparto y lo dejo con su soledad, sentado sobre la barandilla y recortada su figura contra la ciudad que tanto detesta: creo que llora.

Mi último pensamiento antes de abandonarlo y lanzarme en busca de comida es la de ser piadoso y empujarlo montaña abajo, pero soy demasiado cobarde y lo dejó estar. Mañana será otro día.

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~ por Verzo en agosto 16, 2007.

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