#12 Autobús

I

Por la mañana volvió a retrasarse el autobús 21, dirección “El Prat”. Era 20 de agosto y estaba tiritando de frío. Cada minuto de tardanza era una justificación más para hundir mi mano en la boca del conductor, excavar, agarrar el corazón, tirar de él con fuerza hacia arriba.

Cuando por fin llegó el vehículo todos los pasajeros nos agolpamos frente a sus puertas cerradas. Apretujados en busca de un resquicio de calor miramos con esperanza aquellos vidrios que nos prometian un refugio contra aquel frío antinatural. Cuando finalmente se abrieron el chófer nos cerró el paso con su efigie de ogro panzudo.

“¿Alguien sabe como llegar al Prat?” nos exigió el aprendiz de San Pedro. Algunos se miraron atónitos ante la pregunta. ¿No era él el conductor? ¿No era su deber conocer el camino al que le debía lealtad su autobús? El hombre repitió con voz gutural y con creciente enfado la pregunta. Nadie le contestó.

“¡Si nadie me contesta, no les llevaré!” nos amenazó con un amplio arco trazado con su mano derecha.

Algunos pasajeros le increparon, le exigieron cortesía tras haber llegado veinte minutos tarde y haberlos abandonado a la suerte de los horarios establecidos por el Estado. El hombre se rió a carcajadas e hizo amago de cerrar la puerta. Repitió su amenaza. Algunos nos hartamos de aquel funcionario orondo y su prepotencia barriguil. Subimos y le empujamos, conquistando nuestro espacio prometido. El conductor empezó a farfullar algo cuando un anciano le propuso guiarlo hasta su destino. No escuché como terminaba la conversación: me recosté en un asiento y sonreí.

Hacia calor.

II

Abrí los ojos.

Estaba sentado en la parada del autbús, esperando al 37, al salir del trabajo.  Delante de mí se había detenido el 109 de ínfame recorrido. El conductor tenía las puertas abiertas y me observaba fijamente. Los pocos pasajeros alojados en el vehículo también me estudiaban con atención.

“Suba” me ordenó el hombre “este es su autobús.”

“¿Eh?” solté con irritación: detesto la imposiciones de cualquier tipo “Disculpe, pero este no es el autobús que estoy esperando.”

“¡Sí, sí!” insititó él “sí que lo es.”

“¿Pero qué dices? Yo espero al 37, usted es el 109. ¿Como va a saber que le espero a usted?”

Noté que en los rostros de los pasajeros se dibujaban gestos de impaciencia. Algunos cuchicheaban mirándome con sorna. El chófer hizo una mueca de repuslión.

“¿Va a subir o no?”

“¡Por supuesto que no! ¡Este no es mi autobús!”

Un chico sentado en la parte trasera del vehículo se levantó y se dirigió a la salida. Intentó bajar pero el conductor lo retuvo con un fuerte abrazo.

“¡Suba, maldita sea!” me chilló el muchacho.

“De ninguna manera.”

Los pasajeros negaron con la cabeza. El muchacho escupió en suelo a punto de darle a mis pies. El chófer ceró las puertas y el 109 se alejó. Sentí la extraña necesidad de comprar flores para esconderme tras el ramo, y así pensando cerré los ojos y me dormí en el asiento.

20 de agosto por la tarde: hacía calor.

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~ por Verzo en agosto 21, 2007.

2 comentarios to “#12 Autobús”

  1. Ambos hemos sido descubiertos. Van cayendo los velos, quizás algún día lleguemos a entrever las sagnantes entrañas del otro…

  2. me encantan los autobuses… sobre todos esos como el 109, que aunque te impongan una ruta, siempre resultan diferentes y acogedores. Como ese que lleva al fin del mundo, un acantilado sin agua…

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