#13 Reconócelo

Hay un odio que me ha acompañado desde la niñez y se ha convertido por antiguedad en mi mejor amigo. Se trata de la rabia a la imposición y a su injusticia. Tanto si se trata de un arancel económico para proteger a unos campesinos quejicas en contra de otros más pobres como si es una profesora que me obliga a completar unas lecturas como deberes. Estas obligaciones externas – que mi libre voluntad no desea hacer y mi sentido de la responsabilidad no ve necesario cumplir-  se impregnan del olor de ese odio primerizo.

En algunos casos estas imposiciones han alcanzado los límites de mi tolerancia a la estupidez congénita involuntaria, no sólo por el sujeto emisor sino por el hecho que se me pretendía imponer: mis propios amigos, alardeando de la confianza y esa lealtad que nos lleva a la crítica cuando un ser querido va por mal camino, decidiendo que conocen mejor que yo mis propios sentimientos.

Mi querida Alisa me lo cuenta con su habitual calma “demasiado convencionales”, y asiento. Pero el hecho es aún más bizarro pues nuestra relación no tiene nada de irreal ni particular. Ellos, sin embargo, parecen convencidos de que deben imponerme el amor, de que mi negación del sentimiento forma parte de una conspiracion freudiana de mi superego. Yo creo que es por un grano que tengo en un sobaco.

Me miran fijamente y sacan a relucir brillantes monólogos puritanos dignos de Cicerón, pero ni ellos son Cicerón ni a mi el puritanismo me parece lógico (y no digamos práctico).

“Reconócelo: tu la amas” me decía un desconocido, invitado a una de nuetras charlas “Pero lo ocultas por miedo a sentirte vulnerable,  sabiendo que vuelves a depender de otra persona tras tus malas experiencias pasadas.”

“¡Felcidades!” exclamé con sorna “¿Quien eres? No importa: te llamaré lóbulo-frontal-izquierdo de mi cerebro, tan bien me conoces que me pasmo de oirte.”

La broma no hizo gracia. Se miraron de reojo. “Pobre J” pensaron “no quiere confesar su derrota: no acepta que ama y ha dejado de escribir.”

Esta última acusación también me ha rozado, y viniendo de personas que en un año no han tocado mis escritos suena a agrio sentido del humor, a excusa para volcarles el odio con el que empecé este fragmento y con el que inicié este verano frío. Mención a Helarte: él sigue teniendo fe.

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~ por Verzo en agosto 30, 2007.

3 comentarios to “#13 Reconócelo”

  1. Mi primera lectura lenta de tu “nuevo” blog. Enfin… ¿qué decirte? Supongo que no puedo opinar puesto que ante palabras tan contundentes temo ser otro lóbulo cerebral que habla demasiado sin conocimiento de la verdad. Pues si no amas no amas…. dice un amigo que dos veces después de repetir lo mismo no vale la pena continuar, pues el otro es estúpido o sordo, o tú no te sabes explicar bien. Sólo puedo decir algo que creo q es cierto: La capacidad de amar y de odiar las tienes, como cualquier ser humano, y hablando contigo yo así lo he sentido. Auqnue el amor y el odio suelen ser sentimientos aleatorios, aunque inconstantes y cambiantes a corto y largo plazo. O puede ser incluso que tu glándula amatoria esté incrustada y perdida en ese enorme grano del sobaco.

    Un beso muy gordo (en el sobaco no, por favor).

  2. bah… ¿y que más da lo que digan? Sólo tu tienes que saber si la amas o no. Eso es lo importante.

  3. Lo dicho, has ganado un premio, más información en cara B

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