#18 Salamanca, I

Detesto arder en la hoguera de las vanidades, pero hay peores hogueras.

 

Escogí el autobús porque era mucho más barato que otros transportes más románticos como el avión o el tren. Me gusta adentrarme en la mística del viaje nocturno que por escrito suena tan épica y decandente, aunque en la vida real la literatura se enfrenta con algo que las metáforas no pulen: asientos duros como piedras. Si mis codazos eran síntoma de que aquel viaje iba a ser largo, la peste de algunos de mis compañeros de trayecto no presentía nada bueno. Haciendo posturas kamasútricas en mi asiento pasé la noche en vela.

Llegué a Salamanca  por la mañana. Arrastré mis maletas hasta un taxi y que me llevó al Hotel Casino, cobrándome sólo un euro de más por ser un turista idiota. Álafoss me esperaba en la entrada.

“¡Es un buen hotel!” exclamó con orgullo, indicándome explícitamente las ventajas del lugar “Pero yo vivo en una buhardilla, cerca del río, y tú dormirás en el suelo.”

Subimos a dejar mi equipaje y en seguida nos pusimos en marcha.

“Aprisa” dijo él “Llego tarde a clase” Su hermana Bárbara también estaba con él, tan guapa y triste como de costumbre. Tenía heridas en los pies y se quejaba en silencio del dolor mientras corríamos por las calles inclinadas. “¡Llego tarde!” seguía gritando el otro. Obviando el sueño y la falta de desayuno le seguí, alegre por la bizarra y frenética bienvenida.

“¿Por qué nos obligas a ir contigo a clase?” preguntó Bárbara  “¡Eres muy mal hermano!”

“¡Y tú eres muy mala estóica!” le contestó él. “Me acompañáis a clase y punto. No estaré mucho tiempo.”

Su hermana gruñó y se dirigió a mi. “¿Te quedas sentado en clase?”dijo. “No” respondí “A veces me levanto y correteo alrededor del profesor.”

En la universidad Álafoss se reencontró con sus compañeros y compañeras. Se saludaron efusivamente e intercambiaron promesas de hospitalidad. Me presentó a algunos como su amigo, algo que rápidamente negué. Un par de los individuos – carentes de todo uso del sentido del humor- arguyeron que no debería visitarle si no éramos amigos. Se miraron triunfantes ante aquella aplastante victoria de su lógica. Lancé un gemido y huí.

Me reencontré con Álafoss y su hermana en la cafetería. Hablamos de tiempos de alianzas y de guerras futuras, aunque quizás únicamente comentamos las consecuencias de la ingesta masiva de café. “No deberías tomar tanto café” empezó diciendo Bárbara. “Es inevitable: ¡tengo que hacerlo!” exclamé en mi defensa “No he dormido nada y voy a estar todo el día corriendo de un lado a otro. La noche queda lejos”. “¿Tienes insomnio?” preguntó Álafoss. “No” expliqué “es sólo que esta noche no he dormido, ha sido un viaje horrible ¿No has visto mis ojeras?” “La verdad” se sinceró él “Procuro no mirarte mucho a la cara cuando hablamos”.

Abandonamos también aquel lugar. Me pesaban los párpados y el calor de la ciudad. Pasamos por la mundialmente famosa Plaza Mayor donde nos encontramos con Cristina, mujer que tiene miedo de los chistes, y nos acompañó en nuestro paseo. En una calle que olía a cadáveres de pollos entramos en un café. “J, hablas poco” preguntó la chica. “Pienso mucho” le mentí.

Discutimos sobre los plagiadores, recordando la última conversación que tuve con Berensky. Opiné que ciertos escritores no deberían morir -porque ese es un juicio muy difícil de decidir- pero sí que no deberían existir o haber existido. Álafoss opinaba que sí deberían existir, pero existir de aquello que merecían: carniceros, verduleros o ciclistas.

Regresando del baño/pregunta con interés/¿que ha pasado mientras tanto/con todo lo demás?/Se sienta caducando/y confiesa en silencio/”Todo tú eres horror”/aquí tranquilo tomando/ mi cerveza”.

Álafoss contesta: Estoy bien/pero la rata/no me deja respirar.

Luego discutimos. Agria discusión. Álafoss defiende que debo adaptarme a las personas que conozco y no ser arisco ni mordaz. Dice que todos son especiales y cada individuo tiene su propia maravilla interior. Debo adaptarme a los demás puesto que estoy lejos de casa y este es su terreno. Me defiendo: se adapta quien necesita sobrevivir, pero no es mi caso pues no pertenezco a este lugar. No niego que todos sean especiales y que cada individuo tenga su historia fantástica que contar, pero eso convierte el mundo en un cúmulo de historias y es imposible conocerlas todas. Ergo, habrá algunas mejores que otras que merecerán mayor atención que otras. ¿Por qué debería adaptarme? ¿Por qué no se adaptan ellos? Me lamento con aspereza: sus amigos me parecen una panda de snobs endogámicos que agocitan sus propias bulas para sentir que todos son grandes escritores y poetas. Me parecen todos unos farsantes, antítesis de la virtud. Ni yo ni muchos otros que adoro son tampoco unos virtuosos, pero hecho de menos la existencia de paladines. Álafoss dice que el arte incluye saber moverte entre registros y mundos, saber hablar de cosas vulgares y hacer poesía de cosas mundanas para hacerlas literarias. Yo opino que no son más que gritos en la niebla, apariencias, hormiguitas que creen ser castillos de piedra por hacer rimas asonantes y haber leído a franceses desconocidos. Muecas, silencios, paseos.

Cenamos crêpes infinitas rellenas de queso mutante. Salimos por la noche a varios bares. Estoy terriblemente cansado. Álafoss se encuentra con sus amigos. Beben, bailan éxitos populares actuales y me dan asco. Me pesa el cansancio. Cambiamos de bar: Álafoss nota mi hastío, despide a los idiotas y me lleva a uno donde la música es fracnamente mejor. Aguanto un par de horas más. Me tambaleo. El día tiene que terminar.

Regresamos a su buhardilla. Me llama Berensky: “Galrauch está enfermo. Lo cuidaremos Helarte y yo.” Me tiro al suelo.

Duermo.

 

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~ por Verzo en septiembre 25, 2007.

3 comentarios to “#18 Salamanca, I”

  1. los autobuses tambien son romanticos, un romanticismo barato y de acera, pero algo es algo, a pesar de los asientos…

  2. “Cada individuo tiene su propia maravilla interior”
    Si alguien me dice una cosa así me le quedo mirando.

  3. Me ha hecho reír (en el buen sentido de la palabra) leer esta parte ;-). Pero espera un momento. Este Andy es un leista, por lo tanto no puedo respetar su opinión. Primero que reconsidere la lógica de su elitismo. Sigo. Es cierto, aquellos poetas llamados idiotas se encontraban en un estado lamentable. Ese tal Antonio, el de apariencia más borracha, sin duda era el peor, y ni a mí me cayó bien durante mucho tiempo. Luego tuve que corregir algunas cosas suyas y sé sin duda que es buen escritor. El otro, llamado Jorge, también tiene muchos claroscuros dudosos, pero con el tiempo he captado sus claros gg. (de mis compañeros de clase no hablo porque ya sabes que es una cuestión diplomática el que yo los visite recurrentemente: estar demasiado solo no es bueno, especialmente para mí, que no lo llevo muy bien). En cualquier caso: estando yo en tu situación (que yo juzgaba normal, pero ligeramente hastiada por el curso de la vida) a mí tampoco me hubieran caído bien la mayoría de esas personas. El que era realmente mi amigo y que tú decías que se parecía a Hemingway lamentablemente no compartió ni un momento con nosotros. Poniéndome en tu situación otra vez, pienso que te hubiera caído bien. Así que en conclusión te digo que entendí tus sentimientos y percepciones. Pero también te digo que lo mismo que hacían ellos, aquello que llamas “snobs endogámicos que agocitan sus propias bulas para sentir que todos son grandes…” lo hemos hecho tanto tú como yo y otros conocidos nuestros frente a personas desconocidas, en la UAB o en el bar “los amigos”, con gracias perfectas para nosotros pero idiotas para los demás (la prueba misma de todo ello está leyendo este blog). Y así, creo, es posible que nos hayamos perdido personas en algún sentido interesantes (aunque NO me arrepiento de ello;)) Mi conclusión última, sin ánimo de ofender al leista Andy Bell, bajista de Oasis, es que se trata simplemente de una cuestión de “percepción”. Por eso digo que es probable que cada individuo tenga algo interesante dentro de sí, aunque la mayoría me parezca estupida gente vacía. Como es una cuestión de percepción, a veces o no podemos o no queremos o sencillamente no nos es permitido captar algunas cosas de los demás. Si una cosa es un poeta, es alguien que capta las cosas, y sí, el dominio de registros es importante. Cada uno hace la construcción cultural de sí mismo que prefiere, las posibilidades son múltiples. Quizá leyendo “Los detectives salvajes” me entiendas mejor. Te invito a ello. En cualquier caso, y veo que no lo has citado aquí, nos unió el Civ III por encima de cualquier cuestión. Eso tampoco conviene olvidarlo. Un abrazo, amigo, no seas tan duro con los pobres poetos de Salamanca: si lo piensas bien, no son tan distintos de lo que somos o de lo que hemos sido o de lo que fuimos.

    Álafoss

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