#22 Racismo

Recuerdo que Galen “el Suizo” y yo estábamos matando los últimos estertores del verano en una terraza de Paseo de Grácia, saboreando los clásicos cafés aguados y extra dulces de las cafeterías caras. Ambos no esperábamos nada virtuoso de aquel café o de nuestra conversación, pero sí esperábamos unas llamadas: él, de su compañera Silvia; y yo, de un árbol o de un pájaro -que son los mejores narradores- por lo que ambos teníamos nuestros teléfonos con su diacronía literaria puestos sobre la mesa.

Y aguardábamos.

Se acercaron corriendo dos chavales magrebíes a nosotros y desplegaron rápidamente unos periódicos sobre la mesa, soltando una verborréa incomprensible. Movidos por el insinto del animal europeo al que le roban los dos nos erguimos y, con un manotazo (invisible bajo el papel) agarramos los teléfonos antes de que nos fueran sustraídos.

“¡Largo!” empujé al mío.

“¡Vuelve a tu país!” le gritó Galen al suyo.

Los muchachos entendieron que su país debía ser la mesa de al lado, o no entendieron nada, o probaron suerte con unas turistas igualmente alerta. Se rindieron y se marcharon. Los vimos alejarse, llegar al final de la calle y darse la vuelta para observarnos, enfadados por haber fallado. Al descubrir que los mirábamos empezaron a amenazarnos desde lejos, o a despiojarse uno a otro, o a tener convulsiones letales para morir poco después.

No fue ni heróico ni irritante. Imposible acabarse aquel café.

II

Esa misma tarde cenamos en otro local con Álaföss y con Berensky, a quienes contamos la historia. Álaföss se horrorizó por nuestra narración y tono, y nos pidió que regresaramos a la calma y el savoir fare de un buen diplomático abandonando ese arranque xenófobo.

“Querido amigo” le expliqué “si yo los veo como a los macacos antagonistas de mi historia, no se debe a que sean inmigrantes. De hecho, yo mismo lo soy, así como Galen lo es. Tampoco los menosprecio por su lugar de nacimiento, el color de su piel o su credo del mismo modo que nunca sobrevaloraría a un semejante por compartir esas características conmigo. Lo que más lamento del hombre es que la estupidez insiste siempre y que los cerdos cabrones son muchos, y son autóctonos e inmigrantes.”

Galen asintió. Berensky reía, intuyo que por la parte en la que había llamado macacos a los pobres niños. Debido a su reacción, Álaföss pareció menos convencido por mi argumento.

“No olvides” añadió “que esos niños abandonaron su país porque vivían en un régimen de miseria y opresión. No recibieron ni educación, ni cariño, ni oportunidades.”

“Exacto” confirmé “pero con nacer en Europa no te conviertes automáticamente en un santo benévolo sin defectos: aquí también hay bastardos. Míranos a nosotros. Ocurre que aquellos que vienen de lugares desestructurados tienen más probabilidades de ser, o bien bastardos o bien idiotas, que de no serlo.”

“Asimismo pasa con nosotros” dijo Galen “si fuéseis a vivir a Suiza, todos sabrían que sois probablemente más tontos que ellos porque es una nación mucho más avanzada. Se trata de cuestión estadística y de sencilla sociología: si todos tuvieramos las mismas oportunidades al comenzar, la estupidez estaría universalmente repartida.”

“De momento” concluyó Álaföss “lo único que es universal es la desesperanza y la furia.”

Berensky dió una palmada feliz

“¡Y mientras siga siendo así, podré patear a todos los cabrones que me apetezca!”

Así terminó el día y dió inicio el invierno.

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~ por Verzo en noviembre 12, 2007.

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