#24 Rutina

He nacido para trabajar como buzo en Nueva Zelanda, como Inquisidor de la Iglesia en el Vaticano, o mercenario tailandés en aguas de Madagascar. Estoy preparado para ser geólogo en las Órcadas del Sur, meteorólogo en la base Antárctica Cinco e incluso podría sobrevivir como astrónomo en algún observatorio de segunda categoría en Siberia.  Nada de esto tiene nada que ver con la temperatura o con la distancia: no estoy hecho para madrugar, tener una vida cotidiana, adaptarme al orden natural del día a día.

En el metro voy chocando con más personas con más rutinas, todas ojerosas y tristes por haber tenido que sacrificar sus horas de sueño preciado. Las observo cuando pasan de largo, cada día nuevas caras, siempre rostros viejos. Sonrío para mis adentros pensando que soy un observador curioso analizando este hábitat de trabajadores. En unos meses habrá terminado también este empleo, también me echarán tarde o temprano y podré ser libre.

Libre… libre de malgastar mi tiempo (que es seguir durmiendo). Me relajo con este pensamiento de bienestar futuro y por un momento cada mañana se convierte en este espejismo, en la conciencia de que pronto terminaré mi aventura para volver a mi cama y a mis quehacerse inútiles. Volveré a ver a Berensky para que me cuente sus aventuras o iré a visitar a Álafoss a Salamanaca, no me importa. Mientras tenga un sitio donde dormir y la posibilidad de comer, ¿necesito algo más? Si, quizás sí. Mi sueño  se desgarra pronto en un andén, un vagón, un pasillo. No quiero esta vida inevitable de madrugadas frías, de soledad de viajes en el tren, de pieles gastadas y arrugas verticales. ¿Soy realmente un mero observador? ¿Será este mi destino como lo es para tantos millones de seres, cadáveres en las estadísticas, abono de azucenas?

Se lo comento a Berensky por teléfono. Él se caga en la puta -varias veces- y me dice que no me preocupe. Lo importante, explica, es disfrutar con lo que se tiene. No quiero madrugar, le repito. No tiene respuesta a eso excepto que debería saber qué deseo hacer realmente para poder realizarlo. Podría, me dice, irme a la Antártida, a Siberia, a Madagascar. Pirata, científico, investigador. ¿O es que prefiero quedarme quieto? ¿Quiero que mi vida termine en un sofá carcomido por las garrapatas del hastío? ¿O bien quiero tener mil historias personales que narrar? No ha entendido nada: no quiero madrugar.

Me cuelga el teléfono. Silencio en la línea. Estoy acostumbrado a estas reacciones, siendo encuestador telefónico. En mi contrato consta un rol con una terminología más redundante: Técnico de Campo de Primer Nivel y Procesador de Información. Sí, con las mayúsculas gratuitas. En realidad cojo un teléfono, llamo, me cuelgan. Es un oficio tan simple y deshumanizador que no merece el nombre de un cargo tan largo; le bastaría con una letra fea como la M.

A veces las voces del otro lado no me cuelgan, me hablan y me cuentan historias que no me interesan. Pobres… ellos tampoco quieren madrugar. Prefieren existir. Saber que hay una oreja escuchándoles les hace sentir que son un poco especiales. Entonces les cuelgo yo.

Ya es la hora, se ha acabado, hasta mañana. ¿Como se llaman mi jefa y mis compañeros? Sería poco ético sincerarse y preguntárselo tras todo este tiempo. ¿Me lo dijeron? Si lo hicieron lo olvidé en cuanto salí a la calle. Cuando la puerta de la oficina se cierra con chasquido toda la oficina desaparece tras él.

De lunes a viernes voy marcando los días del calendario que van pasando y se va formando un pequeño homenaje a la vacuidad de mi tiempo en la cuadrícula, donde no hay recuerdos sino marcas rojas. Cruz tras cruz sobre él espacio blanco voy escribiendo en mi memoría esta partida perdida contra la rutina, la transformación de la inmortalidad adolescente en los horarios del adulto, en la metáfora precisa de como jamás deberían irse borrando -uno tras otro- los segundos de mi vida.

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~ por Verzo en noviembre 26, 2007.

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