#25 Cotidiano

En el despacho se respira el ambiente previo al golpe de Estado. Nuestro jefe tiene el deje del dictador populista, afable en su trato diario pero implacable cuando alguien le falla. Cuando comete un error o se equivoca al castigar a alguien (y ya ha ocurrido varias veces) no se le oye pedir perdón por las reprimendas repartidas a los subordinados: tan sólo ríe y se agarra la barriga con las dos manos como si el malentendido fuese una buena broma. Se marcha a su despacho tambaleándose y conmocionado por sus propias carcajadas que son un apóstrofo irreal de su minúsculo tamaño, dejándonos atrás hundidos en la miseria blanca de estas paredes. Para él encerrarse con su victoria eterna en su cuarto es sinónimo de éxito. Para mí, tener que venir a trabajar aún cuando eres propietario es síntoma de derrota premeditada.

Me alegro cuando él no está paseando entre las mesas y soy libre de observar la puerta de cristal que es el único permiso para escrutar el exterior, aunque esto no es un consuelo onírico en absoluto pues sólo se ve una miserable pared de cemento mal cuajado. Suspiro… Imagino que hay un coro angelical detras de mí entonando alabanzas por cada número del teléfono que marco, suspiro y pienso que me contestan héroes de otra dimensión o almas nobles perdidas en algún rincon de esta existencia. ¿Ya no quedan esquinas que valga la pena colonizar con mis oídos? Por fortuna quedan tantas historias que puedo leer… Cuando nadie me observa (son escasos momentos preciosos) evito mis quehaceres, huyo escalera arriba y me amago tras la máquina de café con la singular voluntad de esconderme, por el placer de no ser, de perder tiempo. No me llevo ni mi libro ni mi libreta porque tras la mole estoy a oscuras y mi distracción es escuchar los pasos que se acercan para detenerse ante ella, los pitidos que indican que este es el café con leche de uno o bien el té al limón de otro. A veces pienso en empujar la maquina de café escaleras abajo para montar una barricada impenetrable, la muralla de mi castillo.

Cuando llega esta fase de peligrosa divagación llega, al fin, el fin. Adiós, hasta mañana. Camino rápido para evitar regresar con nadie con el que tenga que conversar. La diplomacia es otra dura obligación que pertenece al horario laboral. Corro a Plaza Catalunya, me apoyo en la pared cerca del horripilante Café Zurich y espero. Alzo la vista: las calles están cubiertas de lado a lado por adornos luminosos, estrellitas, renos, pinos y otras inocentes figuras. ¿Cómo? ¿Ya se está terminando otro repugnante año?

Bajo la mirada y Alisa ha aparecido silenciosamente delante de mi.

“Felicidades” suelta risueña “¡Ya es Navidad!” y me da una bofetada. Me golpea la mejilla izquierda con tal fuerza que la parte derecha de mi rostro contra el muro. Procuro tartamudear una respuesta pero me coge por sorpresa la violencia de este acto imposible de predecir, esta agresión sangrienta al día a día convencional. Me masajeo la mejilla y la miro.

Ella me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.

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~ por Verzo en diciembre 11, 2007.

Una respuesta to “#25 Cotidiano”

  1. tomátelo con humor, habrá que trabajar el resto de nuestras vidas.

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