#29 Frontera

“He vuelto a Abjasia. He venido a buscar a Lahvia. Me da igual que me encuentre la policía y me maten: tengo que verla.”

Así empieza su carta.

Berensky desapareció de repente poco después del fin de año. Pensé que se habría metido en problemas o que habría encontrado a alguna querida con la que esconderse. Tarde o temprano iba a volver, me decía, cómo si no hubiera pasado nada. Sin embargo lo empecé a echar de menos e incluso a preocuparme por él. Sabía que podía cuidarse solo pero no hasta que punto. ¿Lo habrían detenido? ¿Flotaría su cuerpo bocabajo una mañana cualquiera allá en el puerto? Es un milagro que su exagerada lengua no lo haya metido todavía en líos más serios.

Enero desapareció de mi memoria. Dejé el trabajo, terminé con mis obligaciones y tuve dos largas semanas de vacaciones en las que no escribí, no fui en bicicleta, no hice nada de nada. Me sentaba en mi terraza mirando las ramas muertas de los árboles y meditando sobre el siguiente invierno, porque ya estaba echando de menos el frío denso de las bufandas y los guantes. A veces salía a pasear con Alisa y cada vez comprendía con más seguridad que me había vuelto adicto al olor de su piel blanca y al sonido de su risa, que es como de lluvia pellizcando estalactitas de escarcha.

Febrero llegó sin ninguna promesa interesante a excepción de un viaje relámpago a Madrid para encontrarme con Víctor, pospuesto ad eternum. El día 27 celebré con Alisa su 19 cumpleaños y esa noche, al regresar a casa, encontré en mi buzón la carta hiperbreve de Berensky.

Mi querido georgiano no necesita mucho para vivir o sentirse vivo: su carta no era obra de la nostalgia o de la culpabilidad. A él le duele tanto como a mí saber que hay buenas historias cargadas de sangre o pasión o esfuerzo que desaparecen y cuyos personajes caen en el anonimato. Es importante que esas historias no desaparezcan y que tampóco lo hagan esos sentimientos aciagos, los vórtices de desesperación y odio donde nos perdemos. ¿Para que aburrirse narrando la futil rutina del día a día si esta no cuenta con una dosis de inaceptable dolor? El personaje ha de ser odiado o amado, debe desearse desde la primera página que sea derrotado (como el juez de Meridiano de sangre) o anhelar el éxito de su empresa (como el Ulises homérico). Independientemente de su destino, la historia debe prevalecer.

Berensky sabe que tarde o temprano desaparecerá y su nombre no significará nada pero no quiere que su sufrimiento se esfume junto con sus huesos. Lo que él ha vivido merece ser recordado con otro nombre o con otros protagonistas, en otro lugar del mundo y en otra época; pero no puede abandonarse sin más.

La carta que me ha escrito viene a significar que me da su permiso para contar porque mató y porque murió este escritor que no escribe, tan triste y tan gris.

“Pronto no seré, da igual porqué. Mi cuerpo cruzará la frontera en la que mi carne se va y se marchita, y mis palabras se quedan y prosperan”.

Y así termina.

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~ por Verzo en marzo 2, 2008.

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