#31 Desafecto

De repente he despertado, y estoy en Madrid y en Salamanca, y ha pasado mucho tiempo, y no ha ocurrido realmente nada.

El autobús se detuvo en un oasis en la oscuridad, una enorme estación de servicio con paredes de cristal. Había una carretera en alguna parte porque de ahí tenía que haber llegado nuestro bus y por ahí se tendría que marchar tarde o temprano. Mirando a un lado y otro era imposible ver nada, sólo noche, noche sin estrellas ni pueblos en montañas ni coches en la autopista. Tapiz negro, vacío, y café frío. Miré al lugar donde podría haber estado el horizonte por la mañana y de repente se encendió una solitaria farola blanca en medio del mar.

Observé un buen rato el cono blanco que alumbraba un raído cobertizo, abandonado por el hombre y amado por aquella farola que lo velaba en lo que podría ser el último reducto de la humanidad. A mi espalda los pasajeros tomaban sus magdalenas rancias con la resignación del condenado a muerte y las magdalenas se dejaban devorar sin oponer mucha más resistencia. Algún que otro café se vertió en las mesas. El frío me empujó poco a poco hacia el interior de la estación mientras seguía mirando a la solitaria farola.

Se apagó. Ya no quedaba luz, ni cono, ni cobertizo. Un día como esta noche el cono que alumbraba a mi raza se apagaría y desaparecíamos en la noche de los tiempos, y Dios sería una estación de servicio con magdalenas rancias y cafés vertidos que nos ignoraría. Yo sería un cobertizo abandonado y tendría frío eternamente, y estaría cabalgando sobre un horizonte que no existe, soñando que engaño a mi amante farola con el ruído lascivo de los autobuses que cruzan a lo lejos.

Pensé en Alisa, con su cuerpo de junco salvaje, desnuda bajo las mantas cálidas en su hogar de madera, echándome de menos u olvidándome. Pensé en el día en que se apagaría nuestro cono y en que la humanidad y los cobertizos y los dioses me darían igual. Puntapiés.

De repente la farola se encendió en mi aliento y quise estar desnudo bajo su manta para abrazarla, para darle a ella los puntapiés, para fundirnos en una montaña de escombros e ignorar el ir y venir de lo motores.

De repente eché de menos a Alisa que dormía con su teléfono móvil entre las manos, iluminando su rostro de uralita la pantalla blanca bajo las sombras de la manta, soñando ella con cafés y magdalenas rancias, o con clases de ballet, o qué se yo.

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~ por Verzo en abril 28, 2008.

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