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Se preguntaban, no sin razón, los caseros del piso que ocupábamos que hacíamos despiertos a aquellas horas. Para nosotros resultaba un enigma que nos descubrieran siempre insomnes en la penumbra, porque no teníamos la luz encendida, ni hablamos, ni comíamos magdalenas.

Llamaban cada noche aporreando la puerta y preguntándo al unísono “¿que hacéis despiertos a estas horas?” y se hacía aquel silencio tras la puerta, mitad rojo y mitad amarillo. Nosotros nos mirábamos desacompasados, preguntándonos a nuestra vez qué hacían ellos despiertos en medio de la noche y porqué llamaban siempre a la misma hora a nuestra puerta, y si llamarían a otras puertas antes de volver a sus habitaciones, y si serían realmente hermanos y propietarios o sólo dos fantasmas aburridos y solitarios que otrora se estiraban en las camas que hoy alquilan escuchando el fluir del río tras las ventanas oscuras de Salamanca. 

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~ por Verzo en abril 29, 2008.

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