#34 Infancia

He recordado la plaza en aquel pueblo de costa donde mis padres se gastaban en un mes los ahorros de todo un año de trabajo. Al principio sólo había unos pocos hoteles, una avenida vacía y un paseo marítimo sin terrazas de bares, sólo pescadores que arrastraban los pies por la arena. Era un paraíso de arenas blancas y de silencio, silencio de arena empujada por el viento para rozar las agujas de los pinos. Porque había un pinar antes, rodeando el pueblo, cuando lo redescubría cada verano.

En la plaza alguien colocó la enorme escultura de un velero, el sueño explorador que no tuvieron todos aquellos pescadores que arrastraban los pies volviendo a casa en lugar de levantar amarras y huir lejos. El barco de la plaza era de triste hierro forjado, negro y desesperado. Un sinfín de agujeros recorría la figura: si alguien hubiese dejado de arrastrarse por la arena para escapar se habría hundido.

Aquella escultura era una cadena para los presos hasta que llegaron los niños. Nos subíamos al barco que estaba amarrado por su vértice superior a una polea. Turnándonos el mando del velero de hierro, lo impulsábamos arriba y abajo mirando a la pared de cemento que teníamos enfrente. Para nosotros aquel eso el mar más que las olas suaves de la orilla, el violento vaivén que nos despeinaba y preocupaba a nuestras madres, la aventura ignota de piratas y krakens en aquel balanceo.

Cuando la plaza se llenó de marineros para el barco alguien puso dos robots grandiosos de juguete. Dos niños cabíamos dentro y por una moneda podíamos controlar los pasos del robot durante horas infantiles. Rodeábamos el barco y a su tripulación, los acechábamos y para atacarlos como furiosas ballenas asesinas, esquivando a la vez los arpones invisibles del enemigo.

Mientras hubo niños, hubo padres, y con ellos más hoteles y más bares. El sonido de las agujas de pino se fue apagando, y luego el de los pasos sobre la arena, y luego el del mar.

Primero quitaron la polea del barco y no volvió a navegar. Algun chiquillo se cayó y se hizo daño. Después vallaron la escultura y un guardia vigilaba que ningún mequetrefe ignorante se arriesgara a romperse un hueso. Más tarde se llevaron los robots por el riesgo de que algún muchacho irresponsable atropellara a alguna anciana. De tan importante que es preservar la vida nos vemos encerrados en herméticas cajas de seguridad donde sobreviviremos pero nuestros músculos se atrofiaran. Algún alma cándida no lo veía así y borró la libertad de la plaza y se llevó el mar con ella, el sucio bastardo. Entonces desaparecieron los niños y para entonces no quedaba nada del pinar.

Cuando regresé al pueblo por última vez la avenida abandonada estaba tomada por los hoteles, el paseo marítimo por los turistas y las discotecas. Desanimado, recuerdo haberme apartardo de la muchedumbre dirigiéndome hacia la orilla, arrastrando los pies sobre el agua intermitente, pensando en estallarle la cabeza al tipo que quitó la polea del barco con la recortada de Berensky.

 

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~ por Verzo en junio 4, 2008.

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