#37 Archivo (2)

Berensky y Víctor me encuentran ojeroso, a medias tumbado sobre la mesita del bar. He estado dormitando y en uno de los sueños Sandra me ha abandonado dejándome todas sus consumiciones por pagar, transpapeladas sobre el aluminio. Maldita.

¿Que te ocurre? se interesan por puro morbo, y les miro y no les veo durante un rato. Creo que vuelvo a dormir, porque abro los ojos y se han clasificado entre las sillas y las sombras alargadas del atardecer. Van vestidos como carpetas de anillas plateadas, oportunamente agujereados esperando el momento de irse a dormir. Preguntan de nuevo y sigo callado, perdido en el llano de la mesa. ¿Podrían ellos entenderlo sin tener que explicárselo por duplicado? ¿Por triplicado? Quizás sí, pero me engaño por que no deseo reordenar mis pensamientos y exponérselos, aguardar a su acuse de recibo y respuesta urgente (si es que necesitan la factura de mis pensamientos a estas alturas).

¿De donde venís? les pregunto para evitar su inquisición. De ver a Galrauch, me contestan fotocopiándose tres veces, que está gimoteando por la detención de otro jerarca serbio entregado al Tribunal Penal Internacional. Está lamentando que los estúpidos derechos humanos controlen el destino de esos nobles héroes, empieza Víctor copando la primera libreta de la conversación; y luego se ha lamentado porque de no haberse retirado tan pronto podría haber conquistado el mundo, prosigue Berensky llenando estanterías de palabras.

Entonces sus rostros y sus voces se transpapelan unos con otras, se licúan poco a poco como vapor sobre el asfalto y van resbalando sin ganas calle abajo por la pendiente. Con el calor parece que estén grapados. Alargo una mano para separarlos pero ya están lejos y tumbó una botella medio llena de vacío.

Duermo, levanto mis pestañas como clips perezosos que se sueltan, caen al suelo, se pierden. Se pierden mis ojos de nuevo sobre el mar de hojas secas en el suelo, rodeado por este templo de órdenes de carga y descarga formado con pilares de cartón pálido, monumento al lento progreso de los albaranes de transporte como futuros emperadores de todo lo que es humano. Y me maravillo acariciando casi con lujuria las gomas de pollo que impiden la libertad de papeles encerrados en sus sótanos durante años hasta que mis manos, inmortales, los juzgan un momento a la luz del día de neón.

Entonces cae el sol, se apagan las luces y siembro el silencio sobre el Archivo: sus estanterías como valles inabarcables, sus libros de cuentas como cordilleras peligrosas pobladas por errores de contabilidad como bandidos mongoles, sus resúmenes son mares donde se ha ahogado mi alma. Ahora estoy vacío, soy un sacerdote de la repetición y el orden, ahora soy algo más que el Archivo: soy un profeta, soy su mesías.

Soy una migraña.

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~ por Verzo en julio 24, 2008.

Una respuesta to “#37 Archivo (2)”

  1. Al fin lo he leído.

    Realmente es bueno.

    Feliz despertar, Jerome.

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