#38 Amante

Alisa me pregunta donde he estado todo el día. No le contesto. Insiste de vez en cuando, en la cena, paseando, durante el sexo. Yo cayo. Es mi secreto.

La desaparición de un día se convierte en ausencia de semanas. ¿Donde has estado? es una cuestión que aparece de tanto en tanto en sus labios, una media sonrisa en busca de corrupción. Ni la miro. En realidad a ella no le importa lo oscuro y tenebroso que podría ocultarle, pero le divierte la verguenza con la que aparto la mirada, pienso en pájaros que vuelan más allá de la página escrita y los sigo para no tener que responder. A veces la repite, noto su risita a la espalda, y ella disfruta con esta ligera tortura que me he autoimpuesto y que ella controla.

La realidad es insoportable.

No estoy engañando Alisa porque la mentira es algo que no cabe entre nosotros, por lo menos no el común de las mentiras entre mortales. Pero mi secreto es algo que no deseo confesar, una mancha de podredumbre en mi piel que se va extendiendo y prefiero dejar al margen. ¿Y que pensaría si lo descubre? El horror. Si supiera que he vuelto al trabajo de cada verano en mi oficina del puerto se sentiría apenada por mí. “Pobrecito” me acariciaría “de nuevo condenado a ese maldito Archivo”

¡No! ella no lo entiende. No lo entendería. De tanto recibir sus castigos, he terminado por adorar al diablo y ahora me he convertido en un siervo del mal. De las veces que ahondaron mis emociones en sus lagunas crueles, he aprendido a respetar los latigazos de las frustras grapadas, los abrazos letales de los dossiers, los arañazos lujuriosos de los clips. Ahora amo el Archivo, porque soy parte de él.

¿Que pasaría si Alisa viniera a verme al despacho y me encontrará ojeroso y seducido por las infinitas estanterías que he ordenado por quintuplicado estos días? ¿Como podría explicarle lo hermoso que es el influjo cadavérico de las copias y la eternidad reescrita en sucesivas ráfagas? Ella no podría. Nadie podría.

A veces tomó una carpeta entera y la desgarro. Me convierto en el tumulto frenético de una multitud en llamas. Como sangre, salpico de hojas rotas el suelo rojizo de la habitación y dejo que la muerte vaya copando cada espacio. Entonces me tumbo sobre ellas y me fundo con la locura. Pienso en el fin del mundo, en como se irían deshaciendo poco a poco nuestros nombres junto al cemento hasta que no quedara nada, excepto los Archivos.

Entonces, intrépidos arqueólogos del futuro los desenterrarían para descubrir los secretos de la antigua civilización, adentrándose en la locura de su orden mayestático. Descubrirían la grandeza burocrática del control completo, y se maravillarían, y la adorarían, y esta enfermedad los contagiaría a ellos también y pronto su mundo se vería ensombrecido por olas gigantes de impresos que necesitan ser ratificados para autorizar la vida y la luz del sol. Luego ellos también morirían y todos los Archivos esperarían pacientemente a nuevas víctimas.

Así me tumbo yo, sobre las hojas, excitado por la idea de convertirme en una hoja más, con doble sello a pie de página, y cada vez soy menos persona y no le cuento a Alisa donde voy, porque aunque ella tenga la piel blanca como uno de mis papeles no puedo firmarla, graparla, archivarla junto a las demás… porque es única, la maldita, y no se donde hay que adjuntarla.

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~ por Verzo en julio 28, 2008.

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