#44 Gagra

El matasellos circular es de Abjasia. En el pequeño sello se ve la pálida ciudad de Gagra, a los pies del peñón que la ha guardado desde que imperios y reinos la empezaron a codiciar hace mil años. Es correo certificado. Berensky nunca enviaría una carta certificada porque cree que nadie merece sentirse tan importante: “pavonearse por la calle con la certificada en la mano” dice “como los niños ricos en escaparate”. Ignoro que costumbres tienen en su tierra con el correo.

Ciertamente, la carta no la envía él. La dirección está mecanografiada, y el remitente está escrito en cirílico. “Oficina de los peces en los árboles” traduzco sin mucho acierto. ¿Para que querría contactar conmigo de forma urgente la industria piscícola de un país en guerra? Empecé a sospechar con un escalofrío el contenido.

Dentro del sobre hay una fotografía, una nota manuscrita y una carta redactada por una vieja maquina de escribir a la que no le debían de funcionar las teclas de varias vocales. La fotografía de color sepia muestra el rostro de una mujer cuya descripción conozco: Lahvia. La nota manuscrita es un posavasos sin adornos de algúna compañía aérea. Por uno de sus lados hay algo escrito en ruso que no logro descifrar, por el otro el mismo mensaje traducido en un inglés apresurado: titulado “si me pasa algo”, Berensky pide con pocas señas que remitan a mi dirección su destino final.

Leo por último la carta, esfuerzo que me lleva casi una hora de dolor y curiosidad malsana. Un secretario o policía de algun edificio municipal de Gagra me pide perdón por su pobre inglés. Me explica que no puede usar el único ordenador del ayuntamiento porque el teclado está en cirílico. El ordenador de Giorgos Panaktlios, pintor aventajado y vecino suyo, ha sido saqueado por las fuerzas de ocupación. Está obligado a utilizar esta vieja reliquia para poder cumplir con la voluntad del muerto.

Me explica que han encontrado el cadáver a las puertas del jardín botánico de la ciudad, junto a otros cuatro infelices. Habían sido ajusticiados con un tiro en la nuca, pero el portador de esta nota se había dado la vuelta y había recibido el disparo en la cara. El cuerpo estaba desfigurado por lo que consideraron innecesario enviarme una fotografía de la masa sangrienta de carne para intentar confirmar la identificación, ya que su jefe el señor Mitia lo consideraba “indigno”. Me repite que no saben si el muerto es realmente Kotrep Berensky, pero que han de proceder rápidamente con más víctimas y no disponen de medios para ir más allá. Me apunta que mi amigo ha sido muy considerado al guardarse la nota en los bolsillos para que el trabajo de identificación fuera más rápido.

A mí la historia me cuadra. Berensky no habría muerto sin más, tendría que haberse dado la vuelta para insultar al tipo que iba a matarle. Los otros cuatro murieron llorando o en silenciosa desolación, y Berensky seguro que estaba convencido de que podría morder el cañón del arma para doblarlo y evitar que la bala saliese.

La carta termina con la firma vaga de Sergéi Bagapsh y con una posdata anotada a mano: el tipo que escribe la carta se ha tomado la molestia porque su hija se caso en España y tiene el sueño de venir a este país. Escribirme para darme la noticia es como dar un paso más en esta dirección.

No hay nada más.

Me pregunto si a Berensky lo mataron soldados rusos, georgianos, separatistas abjasios o paramilitares osetios. Lo cierto es que no importa, porque no creo que se llevara bien con ningun bando. Observo la foto de Lahvia y me pregunto si la llegó a encontrar, si mereció la pena tanto dolor regado por tantos países del mundo. ¿Logró ser feliz? ¿La recuperó? ¿Se amaron al final, antes de morir?

Es una mujer hermosa con unos ojos envenenados de envidia y egoísmo. Perfecta. Tejió con los años y la ausencia una trampa de seda que mi amigo no pudo romper, ni tan siquiera estirándola miles de kilometros, mares y montañas, lejos. Y al final todo termina mientras nada empieza, y la felicidad brilla como mera idea intangible cuando se ausenta, y él ha muerto.

Una lágrima cae, resbala sobre la foto que tengo en la mano empañando el rostro de la mujer, entonces se vierte sobre el posavasos y humedece el nombre de mi amigo, que se va disolviendo poco a poco y desaparece en una mancha oscura, como si nunca hubiera existido y la alegría no fuera más que una ilusión injusta que se evapora con nuestro llanto.

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~ por Verzo en agosto 22, 2008.

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