#52 Silencio

Al fondo de lo ignoto me he encontrado un ventilador que gira y gira. Lo nuevo me ha traído un silencio diferente que se cuela troceado a través de las aspas de la maquina, chocando contra mí como una corriente de aire templado -es que septiembre muere pero las ascuas aun perviven- y no me alivian.

Podría prepararme una ensalada nocturna, divertirme con la sutil ciencia de trocear tomates cereza y esparcir con gracia divina el requesón sobre la tierra verde. Puestos a escaquearme por el pasillo oscuro hasta la cocina, podría robar una cerveza de mi padre, o devorar las tabletas de chocolate de mi hermano, pero nada de eso concede méritos ni para subir al cielo ni para ascender al infierno. El purgatorio no es más que un premio de consolación para almas cansadas.

“No” me digo “No me levantaré” y no me levanto, y es lo más heróico de mi vida, que hoy por hoy es como las palabras que uso siempre sin que se gasten: silenciosa, vacía, nocturna. La jornada es el paseo de un fantasma, hasta que otra vez estoy escribiendo como ha ocurrido lo mismo que ocurrió ayer. Me quito la camiseta y no reconozco mi cuerpo. Pronuncio mi nombre (uno de tantos) y no es mío. Quiero gruñir pero tampoco es mía la garganta, y me aguanto. Lo soporto.

Me tumbo en la cama y aprieto las manos varias veces, unas cuantas mientras me tumbo del lado derecho, otras tantas mientras lo hago del lado izquierdo. No trato de agarrar nada, aclaro, porque en esta sucesión de hilos lo único que realmente empieza a importarme es la cerveza. Concluyo que la Red Bavaria holandesa es una tostada fuerte pero noble, y que los belgas son cobardes pero humildes con su Hoeegarten blanca (siempre servida con limón, como todas las cervezas blancas). Sonrío satisfecho por mis conocimientos adquiridos, pero esto es una puta mierda.

Así que me levanto otra vez y pongo la misma canción, le pego una patada a una zapatilla sin pareja en la alfombra, enciendo la pequeña luz de mi mesilla para contemplar los mapas de las ciudades donde nunca iré. Cazo otra cucaracha perdida entrando por la ventana a través de la mosquitera inútil como las murallas de Troya. Estudio con repugnancia su aburrido cadáver y le pregunto “¿Algo que añadir?” como si me importaran sus apelaciones, y la tiro a la basura igual que a otro día más del calendario.

Releo lo escrito y me entran instintos auto-homicidas y hambre, pero estoy a dieta y en contra del suicidio. “Debería borrarlo todo” pienso, porque hace tiempo que todos mis momentos son silenciosos, monótonos, oscuros y vacíos. Por eso mismo escribo textos que no valen nada, porque de la nada que es mi vida estamos hablando. ¿Me comprenden?

Más agua.

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~ por Verzo en septiembre 23, 2008.

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