#56 Normal

“Oh Bru, hombre de abrupta geografía y de mastodónticas proporciones (comparadas con las mías) cuya sonrisa parece una luna creciente, y sobre la cual podría edificar construcciones, o construir edificaciones, y venderlas según los baremos de precios actuales de la vivienda, oh dime, ¿estamos perdidos ya?” pregunté de nuevo.

“¡Que va, Dani!” exclamo jubiloso Bru desde su montaña de persona “Nunca nos hemos perdido porque nunca nos hemos encontrado”. Aplaudimos la ocurrencia, y pasamos a planear como podríamos combinar un primer plan que consistía en abandonar a Sandra, con un segundo que consistía en comérsela. Ella lo negará en un futuro porque es mentirosa y mezquina, pero ambos los inventó ella ansiosa de protagonismo.

Las montañas parecían hostiles y tenebrosas desde dentro del coche, pues el humo del tabaco habia fabricado una niebla densa y tóxica que impedía toda visión de los acompañantes. Oía sus voces pero sólo podía adivinarlos, pues no se veía nada. Tampoco se veía el exterior y las montañas hostiles había que imaginarlas con nuestra profusa mente. No chocamos ni nos despeñamos porque Bru dio volantazos aleatorios durante una hora que coincidieron cada uno con cada curva del camino.

“Es una habilidad especial” mintió, pero le aplaudimos porque le creíamos.

Finalmente llegamos a Vallmanyà de Pinós, lugar infecto donde el cura de la iglesia que ocupa más de la mitad de la superficie del pueblo procedió a bendecir los vehículos de los afortunados supervivientes de la travesía. “Muchos mueren” explicó una anciana que feneció al poco rato “porque el camino es complejo”. Vivir es más complejo, le espetamos, y la empujamos sin piedad. El cura siguió con su efigie curva y pederasta lanzando la sagrada bendición a los capós de aluminio. “¡A nosotros también!” le pidió Sandra. “A vosotros no” contestó él. Y después, empezó el concierto.

“¿Que os ha parecido?” preguntó orgullos Alex cuando terminó, a saboendas de que habia parido un reotño musical digno y mostraba la felicidad arrogante del padre que coge al recién nacido por un pie y lo arrastra por la cara de los amigos envidiosos. “Faltaban patatas fritas, pero abundaba la carne en el convite” le expliqué.

La fiesta del pueblo prosiguió, pero Alex había cobrado en dinero y en alegría, pues no creía que iríamos a presenciar su concierto en tan apartado paraje. Yo bebí vino, de modo que también era feliz.

Regresamos a Viladecavalls donde cenamos algo que no recuerdo, porque entonces pedí una cerveza cualquiera. Otto decidió reafirmar nuestros lazos de amsitad que consisten en el mutuo odio eterno a Txus -que estaba presente y brindó tambiém- y en nuestros nombres comunes, trayendo para ello nuevas cervezas frescas holandesas. Después pedimos cervezas claras belgas. Después bebimos firmes cervezas de bavaria. Por último reafirmamos otra vez el pacto de venganza contra Txus -que el volvió a firmar con nosotros- con contundentes cervezas tostadas de Austria.

A esas alturas, todo era ya mentira porque yo me creía mujer.

“Dani” dijo Sandra, que en mi recuerdo no tenía cabeza “Debo recuperar mi testa y luego volver a Barcelona”

“Te prometo que yo no se nada” confesé, chutando la redonda esfera de su rostro bajo la mesa “pero te acompañaré gustoso y no lo haré como caballero, porque tu bienestar me importa un bledo, pero si como calidad de casual aventurero, y es que yo también vivo en la ciudad y deseo estar allí.”

No perdimos el autobús nocturno, aunque no lo cogimos sin antes despedirnos con profusión y brindis y alianzas de nuestros amigos, más animales que hombres decentes. En la ciudad Sandra y yo nos vimos con la necesidad helvética de orinar en cualquier lugar menos en la calle, motivo por el cual nos colamos con porte diplomático en un hospital privado para entrar en sus baños. Pedimos permiso a todo el personal de servicio de guardia entonces, inventando en cada momento una historia distinta para justificar nuestra necesidad (mi favorita resultó aquella en la que Sandra era, propiamente, un robot sin ganas de aprender a leer).

Nos tambaleamos somnolientos, fríos y borrachos fuera del hospital habiendo hecho nuevos amigos. Tiramos a la alcantarilla sus números y nobmres y promesas de amistad, y bajamos por Balmes como si hubiéramos tenido éxito en la vida, pero no teníamos dinero para pagar un hotel, no teníamos trajes con corbata para entrar en los locales de moda, y no teníamos ningún problema porque eramos pobres pero muy felices, y la húmeda noche de otoño se convirtió en otro postrero soplo de esperanza para aquellos que siempre estan solos y, no obstante, siempre tienen con quien sonreír.

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~ por Verzo en septiembre 28, 2008.

3 comentarios to “#56 Normal”

  1. Esta noche, yo me siento triste, porque veo lo que veo y oigo lo que oigo; porque comprendo lo inadecuado de mi presencia y descubro al fin que me he convertido en la persona que odio.

    Esta noche estoy triste porque he tenido un día extraño, marcado por una pesadilla que me ha reducido a lo más insignificante.

    Esta noche estoy triste porque la egoísta dualidad de mis sentimientos me impulsa al sinsentido de este comentario, que no tiene razón de ser ni puede servir para nada bueno, salvo para gritar un absurdo “hey, estoy aquí” que a nadie debería importarle.

    Yo me he convertido en un fantasma en tu vida (en vuestras vidas), del mismo modo que tú lo has hecho en la mía, y eso está bien. No propongo ninguna solución, ni denuncio ningún problema; sólo constato los hechos, y lo hago únicamente porque esta noche estoy triste. Mañana todo volverá a empezar, y me arrepentiré de haber salido esta noche del acertado escondite que por derecho me corresponde; pues todo este montón de palabras no es más que una colección de absurdos desvaríos que me devuelven al punto de partida.

    Me alegra que seas feliz, Jerome. Yo también lo soy, aunque a veces desearía no serlo.

    (Porque si no lo fuera, al menos tendría derecho a quejarme).

  2. Qué día más guay el de Vallmanyà.

  3. No.

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