#62 Inestable

¡Ha llegado el tiempo de lo inestable! Me acabo de dar cuenta ahora, hace un poco, hace un rato, en realidad justo mientras escribo. No obstante, sabía que iba a percibir algo brutal cuando me he levantado de la cama en medio de la noche; sin duda que esta es la era (breve) de la inestabilidad. Carácter anual, no hay devoluciones.

La culpa es del otoño. Me voy a dormir abriendo las ventanas, encendiendo el ventilador del techo y desnudándome (desnudarse sólo tiene menos gracia, pero me permite ser más eficiente y directo en mi misión nocturna) para poder soportar el calor residual del día. De madrugada, con indulgente inexpresiva indiferencia, mis pies iran subiendo las sábanas acercándolas a mis manos y estas, con imperfecta impúdica impaciencia, las levantarán para cubrir la verguenza de mi piel cenicienta. Entonces empiezo a tiritar. En la duermevela resisto estóico mi propia batalla de los Termópilas contra los ejércitos de grados centígrados (y de otros rangos militares) que bajan repentinamente (en la escala, no de una montaña). Poco antes de que suene el despertador tengo que apagar el ventilador, cerrar las ventanas y ponerme el pijama. “¿Pero en que demonios estaba pensando?” ¿En que al amanecer tendré hipotermia casera? Seguramente no.

Así son las noches en la Era del Tiempo Inestable (aqui apunto efectos de rayos y truenos) donde tan pronto el calor te hace sentir como un madero más en una hoguera empírica, como te quedas a solas con el liberalismo del frío. A cada cual su desorden.

En estos días contagiosamente descolocados todo es posible. Oigo un ruido metálico repetirse tras las paredes, como de vecinos arrastrando cadáveres o de cucarachas de metal marchando en formación por las tuberías del agua. Ah sí, ellas… ellas lo saben que se acerca su era de dominación. Van ocupando posiciones alrededor de mi habitación y disfrutan con la variación térmica de mi ánimo, envolviendo el campo de batalla y cerrando toda salida, confiadas en la victoria porque es miercoles y el exterminador no ha venido. Quizás le tendieron una emboscada en la escalera y allá lo mataron mientras era vulnerable. No me atrevo a explorar por miedo a caer en alguna trampa y mis amigos -a los que invito con la excusa de convites y bailes tradicionales si acuden POR LAS ESCALERAS a mi casa- no se fían, los muy cerdos, de modo que en vez de socorrerme y confirmar mis sospechas (con una foto del cadáver del exterminador me bastaría) me aislan. ¡Hace ya tres años que no hablo con ellos! Tres horas.

Ahí esta de nuevo el sonido de sus patas de acero contra el metal. Se habrán embutido sus armaduras brillantes de óxido, canturreando sus himnos militares quitinosos, saludando a su emperatriz Anastacia -la habrán elegido por ser la más valiente de las cucarachas, la más sabia, la más hermosa- que las lleva a la contienda y las lidera a la gloria.

Por supuesto he trazado un plan de defensa. No le he comentado nada a mis padres para no incomodarles, y nada al jefe de bomberos para no estorbarle con mis chiquilladas. Obviamente la máxima laotsiana “de fuego nada” no cuenta en espacios con alfombras azules como mi habitación, por lo que he almacenado 30 litros de gasolina mezclada con etanol bajo la cama. Cuando las cucarachas me ataquen y me enfrente cara a cara con Anastacia (Emperatriz Anastacia, soberana de todo lo que tiene más seis patas y menos de ocho) pensarán que me han vencido y que estoy subyugado. Bajarán la guardia para celebrarlo antes de tiempo, momento que aprovecharé como un antihéroe para causar una suicida explosión de justicia humana contra el invasor insectoide.

El fuego se las llevará a todas. Sólo espero que ataquen por la mañana que es cuando hace frío y el fuego será más bienvenido.

El ruido ha cesado. Una tregua. Puedo dormir, por ahora.

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~ por Verzo en octubre 9, 2008.

Una respuesta to “#62 Inestable”

  1. a veces me acomplejas.

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