#71 Las Francesas

Por la mañana el vagón me lleva al campo de concentración, no a la universidad. Podría ser Theresianstadt, la fortaleza de estrella de Bohemia, convertida ahora en mi laberinto. Laberinto de brumas, porque ahora por la mañana todo es gris de lluvia y me encanta, porque veo a los cabizbajos poblar el mundo con paraguas de colores vivos intentando que toda la alegría que han perdido se la devuelva el objeto inanimado. Nadando en la humedad, más resfriado y más libre, llego cada día.

Sin embargo, antes de llegar en el vagón estaban las francesas. Dos mujeres eran que hablaban en voz alta entre ellas, sentadas no muy lejos y tampóco demasiado cerca, se jactaban con su charla de todo lo inglesas que eran diciendo cosas como back to my place cuando comentaban sus salidas nocturnas, o in Portsmouth there was that uncle of mine which… ¿Which, qué? ¡Which una puta mierda! Luego seguían aquellas dos amantes de la Tour Eiffel con sus dejes ténues de cobarde, varios and so que no introducían nada, y otros oh, really? que realmente nos importaba a todos los demás viajeros un pimiento. Pero ellas seguían, ignorantes del mundo francofóbico que las rodeaba y que trataban de evitar con esa farsa de inglesas.

Bajé mascando el sabor amargo del odio sin sentido que alimenta todas las pasiones, me encontré con aquel panorama de colores vivos en el paisaje muerto de Turner deshaciéndose con el agua. Todo era agua, y todo era calma muerta en aquel cementerio de moribundos que cargaban sus panoplias en dirección a las fosas, a las chimeneas del pensamiento. “Id a morir” pensaba, pero yo también iba, y pronto sería humo, o sería francés, o le diría a alguien que en el pasado when I was back to my place in Portsmouth y comprendería que me habría convertido (no se en cual mañana) en un extranjero más.

Entonces ocurre el horror: se me rompe una hoja blanca, se desengancha, se cae, se pierde para siempre en un suelo como todos los suelos. Una hoja donde seguro que habría escrito por fin cosas geniales cautiva para siempre, extinta y fosilizada para siempre en aquel vagón. Las dos imbéciles que no se dan cuenta siguen, y siguen, y siguen.

Then I met that so lovely guy at London.

You mean Harold.

Las miro fijamente cuando las puertas del vagón se abren y me revelan el destino de los que ansían ser carbón. “Harold is dead” les declaro, y me marcho corriendo dejándolas atónitas, y yo asustado, consciente con horror de que acabo de matar a un francés.

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~ por Verzo en octubre 24, 2008.

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