#77 Viladecavalls

A ellas le gustaba subir a Viladecavalls porque aquellas reuniones eran una mezcla viscosa de desesperados y desesperanzas. Me acompañaban en el tren cargadas por igual de amor e ilusión puesto que eramos el mejor surtido de decadencia al que nadie podía optar, un montón de muertos de hambre planeando como robar comida o como convencer a otros para que lo hicieran, escondidos en la casa de los hermanos Calero donde todos los muebles eran guitarras y donde cada frase que masticabamos cautivaba a la vez por ser absurda, falaz y cruel. Para ellas, digo mis amantes, ellas que siempre estuvieron solas al principio, eso era como beber de una fuente tras haber vivido siempre teniendo sed. Luego, cuando ya no estuvieron solas, se fueron a tomar por culo.

Ahora subo solo, yo, al pueblo, cogiendo siempre el último tren del viernes en el último minuto. La parada es mas bien un apeadero, un triste muñón de cemento sobre un campo de grava, y crac-crac crujen mis pasos cuando salto del vagón y me dirijo al cruce de vías. Detrás de la estación suelen esperar mis anfitriones con su coche, borrachos de nostalgia y de aburrimiento.

Para abreviar lo llaman Vila, al pueblo, los Calero, y nadie les puede decir nada por esta afrenta gramatical porque a nadie le importa un carajo este pueblo. Está en una zona de lomas de pendientes suaves y abundantes bosques, cerca de Terrasa . Alrededor no hay más que valles perdidos y campos de trigo olvidados. No lejos está Montserrat, pero no importa.

A mi me gusta subir porque ocasión tras ocasión ese lugar me revela lo buen amigos que son los Calero. Por más que me esfuerce en ser un mal invitado ellos siguen actuando como anfitriones amables y me llaman semana tras semana para que suba a verles, me quede a dormir y les ayude a buscar comida.

Por las noches aprovechan para reunir a toda su tropa de analfabetos y desgraciados, con sus chándales y sus caras sin afeitar, sonrientes, zombies sin mucha voluntad bien surtidos de cigarillos. Llegan o llegamos, y nos sentamos en el suelo mientras Otto o Alex tocan algo, alguien silba distraído, otro mira melancólicamente por la ventana, nos vamos adormilando mientras la juventud se pierde un poco más cada fin de semana que pasa.

“Se nos ha estropeado el coche” dijo Otto ayer. “Pero no creemos que sea grave” aclaró Álex. Los dos mienten como bellacos. El domingo, un domingo cualquiera, todos los domingos de mi vida, o ayer, despierto en Vila. Llueve. Una hermosa tormenta que inunda los patios y las terrazas. Los perros aullan con aliento húmedo. Yo digo : “tengo que irme a casa a comer, aquí nunca hay comida, mis padres me esperan” y Alex “te llevo a la estación, será un momento” y subimos a su querido Opel Cadett de 1982, vehículo que es más viejo que él, y nos lanzamos como caracoles por las rampas del pueblo.

¿Por qué vamos tan lentos? Porque el motor acaba de estallar lentamente. Oye, Álex, aqui falta una ventana. Es cierto, es que intentaron robar la radio unos mozalbetes, espero que no te molesten los cristales rotos. ¿Qué cristales rotos? Te habrás sentado encima de ellos, no importa.

El motor ruge y relincha, y el tubo de escape vomita una nube verduzca. ¿Álex, es eso una buena señal? Todo, excepto el fuego, es buena señal en este coche. Llegamos como podemos a la estación y el Cadett se desinfla sobre un enorme charcho de lodo. El tren se detiene mientras observamos como la pobre máquina se pierde poco a poco en la sima de fango. Un altavoz avisa providencialmente que unos árboles han caído en la vía y todas las líneas quedan cortadas, y entonces un montón de viajeros grises sin cara ni nombre descienden al apeadero, y sus pasos crac-crac crujen según se arrastran, observan con miedo el nombre del pueblo en el que han quedado atrapados. “Viladecavalls” musitan, y temen, y tienen hambre y no tiene esperanza.

“Bueno” dice Álex “si no puedes volver, ¿te quedas a comer?”

Hundidos nuestros pies en el charco marrón (un niño llora a nuestra espalda, lo juro) empujamos poco a poco al Cadett hacia la libertad, y sigue lloviendo más y más sobre mi gabardina, y Álex se gira y una cascada de agua le cubre el rostro, escupe y sonríe no-se-porqué pero yo también sonrío, y todos los pasajeros sobre la grava lloran tristes porque Montserrat está cerca pero no les importa, se ponen a aullar  como perros y no saben donde están, y no tienen amigos que los vengan a buscar.

El Cadett arranca y vitoreamos, levantamos las manos como antenas hacia el cielo y ese domingo, cualquier domingo, es como todos los domingos de mi vida, y me río a carcajadas con la tormenta porque soy un desesperado, un desgraciado, uno de los elegidos.

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~ por Verzo en noviembre 3, 2008.

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