#81 Italia

Italia era volver a la muerte, a la casa grande con todas las habitaciones vacías, los escalones de madera que crujían y se agotaban bajo los pies, las esquinas atelarañadas, mi abuela hablando sola en la oscuridad y todas las puertas cerradas, sordas, pero nosotros la oíamos. Yo la oía desde mi cuarto, bajo tres mantas, y el invierno la oía también, estoy seguro. La seguí oyendo, balbuceando los nombres de las que ya habían muerto para decirles que ya iba porque también estaba muerta, tartamudeando los recuerdos de su vida que se pudría entre las polillas. Fuera, del otro lado de las ventanas, casi infinitas las montañas no decían nada y no oían nada. Pero yo la oía, y la veía, escondido en el resquicio de la puerta observando en secreto como meneaba las manos presa de la locura. Non dormire, le pedía en voz baja a ella, que me había criado en la infancia, y me miraba con ojos ciegos preguntandome “e tu chi sei?”. Sono io, nonna. Non so chi sei, contestaba, y seguía muriéndose, y el olor de aquellas palabras era eterno, para siempre, para todas partes.

Olía aquella muerte fría desde Barcelona. Nunca volví de aquel umbral ni de aquella muerte, esa mujer que tenía el cuerpo de la abuela que me había dado una infancia pura en las montañas, rodeado de huertos y bosques perdidos donde el mundo no podía alcanzarme. Y ahora, pensé entonces, que el mundo se cierne sobre y soy un corrupto, uno de tantos que no tienen esperanzas ni sueños, un abandonado de la vida y de las mujeres que me amaron, huelo y veo esa figura sobre las escaleras de madera, su pelo blanco cayendo al suelo mientras los ojos negros sin retina miran al techo y gimen, tramontando para no amanecer jamás. Y la veo morir, desde Barcelona, porque no osé regresar nunca más a la Italia de la muerte y de la herrumbre, de los techos que se caen en habitaciones abandonadas, las telarañas que van tapando los pasillos perdidos del caserón y las casas de las vecinas que se quedan vacías, el pueblo de Vaudano que se va destapando al sol vago del invierno para descubrir las tumbas vacías de las calles, un silencio infame que no romperá ningún beso. 

Tu abuela ha muerto, dijo mi madre preparando los macarrones. No dijo nada antes de morir, solo murió. ¿Quieres venir al entierro? No, no quiero ir. Para mi no esta muerta, todavía está muriéndose. Se estará muriendo siempre, esa mujer menuda que me cantaba aquella aria de Puccini cada noche mientras me acunaba, canción que no volvía a sonar desde entonces, sólo incesantes sus palabras en mi mente “e tu chi sei?”, e io non sono nulla: io sono solamente un altro morto lontano da casa, qualcuno che non ha vinto mai piú.

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~ por Verzo en noviembre 21, 2008.

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