#101 Cien días, una habitación

En realidad han pasado más de cien días. ¿De qué? ¿De quién? Pienso en hace tan poco de tu partida y tanto de mi añoranza pero en este caso no es válido. Quizás me he hecho cada vez más tarde tenga más gracia, y por eso sea más adecuado, aunque entonces también me preguntaría para qué me he hecho demasiado tarde.

Estoy lloviendo.

Mentira: ha hecho un buen día. Y han pasado más, muchos más de cien días. Pero no ha pasado otra habitación. No ha habido otro color de paredes, ni el tacto de otras sábanas, ni averiguar cual fue el pasado de un desconocido estudiando las fotos que tiene colgadas en su corcho. Las cosas que fueron un regalo de alguien que aun quieren, o los recuerdos escondidos en la estantería de más arriba para no tener que revivir cosas que todavía no se atreven a contar. Falta la habitación con sus silencios, preludio de una confesión. 

Confesar es abrir las puertas. Hazme el amor frente al trofeo de atletismo, cuando lo conseguí a los 13 años no pensé -mientras me limpiaba el sudor de la frente y sonreía a mis amigos, incluido a a aquel chico de quince años que tanto me gustaba y que luego resultó ser un cretino, esperando a que me abrazaran mis padres tan orgullosos que me avergonzaban- no pensé que estaría aquí el trofeo, mirándome desde la estantería inferior roja, observando como te deseo. Hazme el amor frente a la poesía que te escribió tu primer novio, ese que lloró al recitarla delante de tantas personas y que logró conmocionarte, te reconquistó, y te folló delante del trofeo de atletismo y del gilipollas de quince años que dormía dentro.

Hazme el amor bajo las sábanas azules con un dibujo de Miró, las que compraste al entrar en la universidad, tu grito silencioso a un mundo que te juzgaba diferente. Tu pensabas ser única y esas sábanas eran el secreto de tu soledad, hasta que luego apareció aquel estudiante erasmus que reconoció el pájaro que vuela en el espacio y te regaló aquella réplica del Beso de Rodin, un vulgar pisapapeles. Sin embargo le hicistes el amor, se lo hicistes bajo las sábanas azules, frente al trofeo de atletismo con los ojos de tus amigos de doce años, ante la silenciosa poesía colgada en la pared observando como un rápsoda todo lo que no puede controlar.

Si yo estuviera en esa habitación, en una habitación cualquiera cada cien días, te llevaría un donut. Primero confesarías las cosas perdidas en la estantería de arriba, luego me harías el amor, antes o después te comerías mi pieza de bollería. Haríamos el amor frente al trofeo de tus victorias, delante de la  medalla en versos de todos los corazones que has robado, y triunfaría nuestro beso real frente a la replica de la replica. 

Luego yo me iría, y no quedaría nada en la habitación para exponer en tu  vitrina o para esconder en lo alto. No es de mi agrado quedarme y ver como otro se folla mi alegría… Si es que hubiera habitación, o si es que hubiera alegría.

De repente me he hecho tarde.

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~ por Verzo en febrero 25, 2009.

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