#117 Dream one body

La central era un gigantesco edificio gris de cemento, con muchas ventanas verticales. Era cruel, y nadie vivía en él. Es por eso que, en la continuación del sueño, todos habían decidido vivir en cabañas en el páramo. A cientos de metros de la central y sus paredes rectas, entre las ondulaciones de la tierra muerta e infertil, había centenares de cabañas de madera oscura. En una de ellas vivíamos nosotros, los que eramos amigos, aunque en esa ocasión todos se habían ido de viaje y me había quedado a solas.

Y, porque los sueños son laberintos donde los antiguos dioses reaparecen sin motivo, ella vino con su piel blanca y su pelo rubio a pedirme cobijo. No hubo porqués ni adioses de hace tiempo, ya que en el sueño no hay explicaciones, y se quedó a dormir un fin de semana.

Allá, en la cabaña al pie de la central, ella trató de ser buena conmigo por el cariño del pasado. Sin embargo, en parte por miedo a construir esperanzas falsas, en parte porque yo mismo no quería que hubiera bondad entre nosotros, fui arisco y malvado. La última noche del sueño ella me besó.

– Por favor, por una vez hagamos el amor como antaño- me dijo ella.

– No, porque luego te marcharás con él, con tu verdadero amante, y yo seguiré siendo “el otro”, la corrupción del pasado.

Vi como su rostro se rompía por el dolor. Se marchó llorando y me sentí culpable. Al fin y al cabo, ¿no había tratado de ser buena conmigo? ¿No había sido mejor que todas las anteriores? No se merecía el desprecio de los perdedores.

-¡Espera!- grité su nombre y salí en su busqueda.

La vi en seguida. Caminaba lentamente, vestida de negro con su sombrero oscuro, su largo pelo rubio meciéndose al viento del yermo, dirigiéndose a la central. Subía y bajaba las colinas verdodas de aquel cementerio de polvo. La llamé por su nombre y corrí a su encuentro antes de perderla de vista. Quería abrazarla y decirle que no era culpa suya, que no fue culpa de nosotros, que nadie es culpable de tristezas como esas. 

Pero, como era un sueño, corrí tras ella y no podía alcanzarla. Ella llegó a la central de paredes grises, y se mezcló con una copiosa multitud que se adentraba en un pasillo de paredes naranjas fosforescentes (detalle optimista burlón).  Iban a la estación de trenes o a cualquier sitio que la llevara lejos del sueño y de mí. Volví a llamarla por su nombre, pero no se giró. Entré en el pasillo y empecé a codearme y a empujar como un salvaje, y paso tras paso corría con furia hacia ella. Por más que me esforzaba con frenesí, y por más que ella apenas caminaba, nunca la alcanzaba. El pasillo se estrechaba, la afluencia de gente crecía, avanzar era cada vez más cuestión de salvajismo pero, no importaba:  ¡allá estaba ella! A pocos pasos se distinguía su pelo, su sombrero, los sollozos de su alma abandonada.

– ¡Espérame!

Me faltaba únicamente un palmo para alcanzarla con mi mano cuando ella giró a la derecha. La seguí y casi choco con su espalda cuando esta se entregaba con alivio a los brazos de un muchacho de rizos morenos. Ella reía. Yo había llegado demasiado tarde. No podía expiar mis pecados, porque ella ya era feliz. 

No dije nada y di un paso atrás. Dejé que el abrazo y la risa continuaran porque lo merecían. Había un baño en el pasillo y me escondí dentro para lavarme del rostro el sudor y la derrota. Una voz me llamó entonces.

– ¿Eres Jota?

Miré por el reflejo del espejo que estaba soñando el rostro que imagino tiene el amante de ella. Era un rostro benigno que me observaba sonriente, compasivo y amable, de pelo rizado y ojos profundos. Me sentí aliviado.

Sonreí.

– Soy Jota, pero ya no importa.

 

Suena el despertador.

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~ por Verzo en abril 14, 2009.

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