#123 Forever

•junio 7, 2009 • Dejar un comentario

Recuerdo el día que lo dejamos, y lo recuerdo totalmente mal porque mi memoria es pésima. Allá donde decías “te echaré de menos” yo recuerdo “no te necesito” o algo por el estilo. En el momento en que fui fuerte y dije “sólo me importa que seas feliz” creo que acabé llorando “no me dejes, por favor”.

Cuando nos dimos la mano al alejarnos y estiramos los dedos para no dejar de sentirnos nunca -hasta ese instante minúsculo en el que apena unas fibras aún se rozan antes de que llegue ese primer segundo de este universo en el que ya me estaba prohíbido tocarte- creo que dije “te querré siempre” en lugar de confesar “no te olvidaré nunca”.

La diferencia para mi es importante, aunque tu sólo pienses en los dedos que ya no se tienen.

#122 Hipótesis

•junio 6, 2009 • Dejar un comentario

En una situación hipotética, una mujer -que podría ser hermosa y podría ser carismática- me pregunta. Yo le digo, a lo mejor con razón, que ya he dado todo lo bueno de mi en otros amores y que ahora sólo me queda explorar lo peor de mi alma.

Saber si sería capaz de robar, o de violar, o de matar, o de engañar y huir. Por eso guardo tantos silencios cuando alguien me mira con curisodidad. ¿Que buscan los que me descubren? ¿Ven en mi rostro el residuo de los días en los que fui noble? ¿O es que ya parezco como un pervertido sin moral?

Necesito una respuesta sincera con forma de pechos redondos.

#121 Verano

•junio 2, 2009 • 1 comentario

Ha vuelto el jodido calor que entra por la ventana y se me pega sobre cualquier camiseta no se puede soportar como voy a trabajar por las noches y como demonios no voy a soñarte desnuda si era en estas noches el año pasado que te quitabas la ropa al llegar a casa y como demonionos como como no voy a verte desnuda sobre la cama diciendome hoy es una de esas noches y hace mucho calor y solo te quiero a ti.

Dimelo.

Con este calor pegajoso, ¿como demonios no voy a soñar que me engancho a tu recuerdo suave y le hago, sin querer, el amor toda la noche?

#120 Metálica

•mayo 20, 2009 • Dejar un comentario

Empiezo a entender que ella contestara “fucking rock and roll” cuando le preguntaban qué tipo de música escuchaba. Antes, cuando me enseñaba sus canciones favoritas, tenía que reconocerle el muro que separaba nuestros gustos. Ahora que el hombre de arena se ha marchado y que ella ya no es mi puta, he empezado a comprender como encajan las piezas, las sonrisas, los solos de guitarra en una casa perdida en la montaña.

Y como mola el jodido rock and roll.

#107 Más microrrelatos

•mayo 7, 2009 • Dejar un comentario

Salimos del bar como los Dioses caídos de los cuentos. Nadie nos prestaba atención, y los que sí, lo hacían con el deseo de matarnos. Tras nosotros se cerró de golpe la persiana metálica y la voz del dueño se alejó con miedo hacia el interior.

Aquel que se hace llamar Alaföss de Prüfrock preguntó ¿Qué está pasando? Nosotros, que le llamamos sólo Víctor por que lo despreciamos, le explicamos que había estallado otra revolución.

Sombras rojas resplandecían en las paredes al candor de las bengalas. Los hinchas llegaron como una oleada de virtudes. Unos se detuvieron, bandera y cervezas, ante nuestro grupo y nos preguntaron si habíamos visto el partido. No, dijo uno, estábamos en una lectura. ¡No habéis visto el partido! gritaron, y el grito se extendió, y más personas se acercaron a nosotros con el odio pagano ardiendo rojo en los ojos. Nos rodearon.

Apoyamos las espaldas en la persiana metálica. Uno picó en la puerta y suplicó ayuda en voz baja, pero nadie respondió desde el interior. Otro sonrió y dio un paso adelante intentando conciliarse con los aficionados. Hubo un murmullo, luego un graznido animal surgiendo desde una farola: un chico sin camiseta se estaba convirtiendo en un cuadrúpedo.

De la nada aparecieron cuchillos, y no sin satisfacción nos dieron muerte, pues la noche era suya.

#118 Fantasmas

•abril 23, 2009 • Dejar un comentario

Estoy bien, pero el gato no me deja dormir. Maulla desde la alfombra, desde la silla, desde el armario. Después mira a un lado y a otro, como si acabara de oir su propio sonido y se sorprendiera. 

El baile nocturno dura toda la noche, toda la semana. Al fin, hay una mañana en la que no escucho la alarma y me quedo dormido. Pierdo el día.

– Pero, si tu no tienes gato…

Supongo que ese es el problema.

#117 Dream one body

•abril 14, 2009 • Dejar un comentario

La central era un gigantesco edificio gris de cemento, con muchas ventanas verticales. Era cruel, y nadie vivía en él. Es por eso que, en la continuación del sueño, todos habían decidido vivir en cabañas en el páramo. A cientos de metros de la central y sus paredes rectas, entre las ondulaciones de la tierra muerta e infertil, había centenares de cabañas de madera oscura. En una de ellas vivíamos nosotros, los que eramos amigos, aunque en esa ocasión todos se habían ido de viaje y me había quedado a solas.

Y, porque los sueños son laberintos donde los antiguos dioses reaparecen sin motivo, ella vino con su piel blanca y su pelo rubio a pedirme cobijo. No hubo porqués ni adioses de hace tiempo, ya que en el sueño no hay explicaciones, y se quedó a dormir un fin de semana.

Allá, en la cabaña al pie de la central, ella trató de ser buena conmigo por el cariño del pasado. Sin embargo, en parte por miedo a construir esperanzas falsas, en parte porque yo mismo no quería que hubiera bondad entre nosotros, fui arisco y malvado. La última noche del sueño ella me besó.

– Por favor, por una vez hagamos el amor como antaño- me dijo ella.

– No, porque luego te marcharás con él, con tu verdadero amante, y yo seguiré siendo “el otro”, la corrupción del pasado.

Vi como su rostro se rompía por el dolor. Se marchó llorando y me sentí culpable. Al fin y al cabo, ¿no había tratado de ser buena conmigo? ¿No había sido mejor que todas las anteriores? No se merecía el desprecio de los perdedores.

-¡Espera!- grité su nombre y salí en su busqueda.

La vi en seguida. Caminaba lentamente, vestida de negro con su sombrero oscuro, su largo pelo rubio meciéndose al viento del yermo, dirigiéndose a la central. Subía y bajaba las colinas verdodas de aquel cementerio de polvo. La llamé por su nombre y corrí a su encuentro antes de perderla de vista. Quería abrazarla y decirle que no era culpa suya, que no fue culpa de nosotros, que nadie es culpable de tristezas como esas. 

Pero, como era un sueño, corrí tras ella y no podía alcanzarla. Ella llegó a la central de paredes grises, y se mezcló con una copiosa multitud que se adentraba en un pasillo de paredes naranjas fosforescentes (detalle optimista burlón).  Iban a la estación de trenes o a cualquier sitio que la llevara lejos del sueño y de mí. Volví a llamarla por su nombre, pero no se giró. Entré en el pasillo y empecé a codearme y a empujar como un salvaje, y paso tras paso corría con furia hacia ella. Por más que me esforzaba con frenesí, y por más que ella apenas caminaba, nunca la alcanzaba. El pasillo se estrechaba, la afluencia de gente crecía, avanzar era cada vez más cuestión de salvajismo pero, no importaba:  ¡allá estaba ella! A pocos pasos se distinguía su pelo, su sombrero, los sollozos de su alma abandonada.

– ¡Espérame!

Me faltaba únicamente un palmo para alcanzarla con mi mano cuando ella giró a la derecha. La seguí y casi choco con su espalda cuando esta se entregaba con alivio a los brazos de un muchacho de rizos morenos. Ella reía. Yo había llegado demasiado tarde. No podía expiar mis pecados, porque ella ya era feliz. 

No dije nada y di un paso atrás. Dejé que el abrazo y la risa continuaran porque lo merecían. Había un baño en el pasillo y me escondí dentro para lavarme del rostro el sudor y la derrota. Una voz me llamó entonces.

– ¿Eres Jota?

Miré por el reflejo del espejo que estaba soñando el rostro que imagino tiene el amante de ella. Era un rostro benigno que me observaba sonriente, compasivo y amable, de pelo rizado y ojos profundos. Me sentí aliviado.

Sonreí.

– Soy Jota, pero ya no importa.

 

Suena el despertador.